Los problemas de los españoles

EL CIS viene preguntando desde hace tiempo a los españoles sobre cuáles son, a su juicio, los tres problemas que más nos afectan. Se ha subrayado el disgusto con los políticos, puesto que un 21,6 por ciento de españoles los identifican como uno de los problemas que padecen. Los otros dos problemas son el paro, identificado por un 82,9 por ciento, y la crisis económica que es señalada por un 45,3 por ciento.
¿Qué quiere decir todo esto? Desde que la democracia se estableció en España, no ya como un ideal, sino como un sistema político, se han hecho muy frecuentes los halagos al ya casi proverbial buen sentido de los electores, a la responsabilidad de los ciudadanos, a su sentido de la oportunidad política y un largo etcétera de supuestas virtudes cívicas. Sin embargo, si se mira más de cerca el asunto, esos elogios pueden ser, además de interesados, bastante improcedentes.
Nadie puede negar que el paro y/o la crisis constituyan una amenaza seria, ni que los políticos actúen de manera escasamente admirable. La cuestión importante es, sin embargo, muy otra. ¿Hasta qué punto es la sociedad española consciente de que esos problemas no constituyen un mal sobrevenido, sino que son la consecuencia obvia de nuestros comportamientos personales, de nuestras acciones y omisiones?
En lugar de elogiar al pueblo soberano, sería interesante hacerle ver que eso que nos pasa es, sobre todo, consecuencia de lo que hacemos, de las decisiones que tomamos, de nuestras costumbres y de nuestros valores.
Que los españoles prefieran la seguridad al riesgo, por ejemplo, no es algo irrelevante, de modo que cuando eligen ser funcionarios, en lugar de atreverse a iniciar nuevos negocios, no están ayudando mucho a fortalecer la economía productiva. Que los españoles abusen de las normas laborales (creando formas de absentismo que debieran ser delictivas), o usen los recursos de la sanidad pública de manera irresponsable, tampoco es algo que contribuya a hacernos más solventes y eficientes. Es preocupante que los españoles puedan ver la crisis económica o el paro como acontecimientos geológicos enteramente ajenos a sus hábitos y a sus conductas, y es sangrante que continúen sosteniendo a gobiernos que les repiten esa explicación insensata, o que les prometen el cielo, omitiendo cuidadosamente que habrán de pagarlo ellos, pese a que no lleguen disfrutarlo nunca.
Los españoles deberían acostumbrarse a ser menos indulgentes consigo mismos para poder ser mucho más exigentes con los demás. Que, por ejemplo, un profesor no atienda a sus alumnos, no esté al día en su materia, o no procure la mejora de la institución en que trabaja, y se queje de los males del país es de una hipocresía refinada. Nuestra costumbre de buscar chivos expiatorios lejos de nosotros mismos podrá ser psicológicamente interesante, pero es de una ineficacia prodigiosa además de intelectualmente indecente.
Esta manía de atribuir a otros nuestros males es doblemente absurda e impotente en lo que se refiere a la crítica de la clase política. Cuando los miembros de un partido se quejan, por ejemplo, de que la corrupción de algunos les afecta, habría que preguntarles qué han hecho ellos para garantizar que se respete la democracia interna, o para procurar que las cuentas del partido sean limpias, pero si han consentido en el secreto y en la cooptación, no tienen ningún derecho a quejarse de que la corrupción les manche, porque es el fruto maduro, como mínimo, de su indolencia y de su tolerancia con algo frontalmente opuesto a cualquier idea de la democracia.
Cuando se les acusa de corrupción, los partidos corren presurosos a refugiarse en la presunción de inocencia, para que, con la ayuda de la lentitud de la justicia, su politización y su manifiesta incompetencia, todo pueda acabar en rumores irresponsables que extiende el enemigo; con comportamientos de este tipo se permiten no hacer nada para evitar la corrupción, porque su condescendencia con ella es la otra cara de una subversión de fondo del sistema, de la absoluta ausencia de democracia interna, del cesarismo general de sus cargos internos, más intenso cuanto más cerca nos hallemos de la cúpula.
¿Es que los ciudadanos son responsables también de esto? Pues claro que sí, ¿quién si no? Es ridículo pretender que los males se vayan a arreglar por sí mismos, y que quienes viven espléndidamente abusando de los demás vayan a dejar de hacerlo por un ataque súbito de decencia. Esta regla es válida en todos los entornos, los negocios, la actividad profesional, la función pública, las relaciones del consumidor con las empresas, etc. pero es especialmente aplicable a la política. Solo si los ciudadanos promueven una cultura de transparencia, competencia y rendición de cuentas, seremos capaces de acabar con los problemas que se originan en nuestra pasividad y en nuestra boba complacencia con las monsergas que nos endilgan, mientras nos aligeran la cartera.

Los miedos del PP

Finalmente se han dado a conocer los sumarios del caso Gürtel, lo que permitirá que el PP esté acorralado por unos días más intensamente que de ordinario. El hecho de que el Gobierno ataque a la Oposición es una peculiaridad bastante notable de la política española, pero quizá sea más notable todavía el hecho de que el PP renuncie a defenderse cómo se supone que podría hacerlo.

En esta democracia en que hemos venido a parar, al PP no le queda otro papel que el de tomarse la libertad en serio, y tratar de convencer a los españoles de que es mejor morir de píe que vivir de rodillas; ya sé que puede sonar a sarcasmo, pero los tiempos han cambiado tanto que la frase de Emiliano Zapata, y luego de Dolores Ibarruri, puede tener pleno sentido (afortunadamente, figurado) aplicada a nuestra situación.

En la democracia española el PP es, definitivamente, el partido perdedor si acepta una serie de claves del sistema. Si, por el contrario, no lo aceptase, tendría oportunidades de cambiar las reglas de juego y la cultura política de los españoles, y con ello, tendría oportunidades de ganar. Esa fue precisamente la clave de la victoria de 1996 y de su confirmación en el año 2000, pero el PP se cansó pronto de ser alternativa a la política establecida, y pensó que bastaría con llevar a cabo una buena administración; es evidente que se equivocó, y las consecuencias de ese error se pagan ahora muy caras. La era de Zapatero le ha puesto las cosas todavía más difíciles, y no se ve claro que el PP actual quiera hacer una objeción de fondo al sistema, porque amaga, pero no da, porque prefiere consolarse con el supuesto papel de heredero que tantos le adjudican.

A mí, me parece que eso es un fraude, que es renunciar a la función más importante de un partido, a tratar de liderar un cambio profundo para construir una democracia de verdad sólida y poderosa. El problema para hacer algo como eso es muy sencillo: la mayoría de los dirigentes del PP creen en la libertad tan poco como Zapatero, y en la democracia, todavía menos.

Por eso, frente a la corrupción hacen que hacen, pero miran para otro lado, exactamente lo mismo que ha hecho el PSOE, me gustaría pensar que con algo menos de cinismo y desvergüenza. El caso es que el PP podría desterrar casi para siempre la lacra de la corrupción si se atreviera a tomarse la política en serio, si practicase la trasparencia y la democracia interna que le reclama su alma liberal, pero eso pondría en riesgo la nomenklatura, y tiraría por los aires esas redes de poder en las que se apoyan los que siempre mandan, esos rigodones de monarquía hereditaria que tan bien bailan en el partido los que creen que la libertad puede limitarse a ser un adorno retórico de la derecha. Que un Fraga que jamás pudo ganar las elecciones generales, y que acabó perdiendo Galicia por no retirarse a tiempo, vuelva a aparecer al frente de las reuniones de la cúpula del PP, es algo más que una coincidencia, puede ser un presagio.

Líderes morales

La praxis aprobada por la Universidad de Sevilla, en relación con la manera de tratar a los alumnos que sean sorprendidos copiando en un examen, ha dado lugar, a Dios gracias, a muestras de estupor y a un cierto rechazo general, que alcanzó incluso a la Junta de Andalucía, ente sobre cuyo rigorismo moral cabe alguna que otra duda. La recepción de esta picardía disfrazada de ecuanimidad ha podido, por tanto, ser peor. No cantemos victoria, sin embargo.

Ayer tarde mientras trataba de abrirme paso por entre los escombros de este Madrid gallardonil endeudado hasta la vergüenza, escuché por la radio a un líder empresarial comentando el asunto. Para mi sorpresa, el preboste declaró, en tono semi-jocoso, que si la norma sevillí hubiese existido durante su época de estudiante, y se hubiera aplicado a las ocasiones en que copió, habría terminado su carrera mucho antes.

No sé si se atreverá a ser tan sincero cuando le pregunten por las veces que robó en sus empresas, corrompió a algún político, engañó a su mujer, o se apropió de lo que no debía, porque no tengo ninguna duda de que lo haya hecho, con una sonrisa y con precauciones, pero a fondo.

Se habla mucho de la crisis de valores, una expresión que me parece tópica e inane, pero no hay duda de que con el ejemplo de moralidad de líderes empresariales como el de ayer tarde no llegaremos muy lejos. Esta actitud de disimular la importancia de las faltas, del todo vale, resulta deletérea para una sociedad que quiera seguir siendo moderna y sólida. Si se impone la moral del mínimo esfuerzo y la tolerancia de la mentira, del engaño, del fraude, no tendremos ningún motivo para extrañarnos de una marcha atrás en toda regla, algo que tal vez se está iniciando con estos políticos incapaces de preferir que nos gobiernan y/o nos piden el voto.

La tapadera

Quevedo, un escritor excepcional y un hombre valiente, dejó escrito aquello de “No he de callar, por más que con el dedo, / ya tocando la boca, o ya la frente, / silencio avises, o amenaces miedo./ ¿No ha de haber un espíritu valiente?/¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?/¿Nunca se ha de decir lo que se siente?” en su Epístola a Olivares, el poderoso de la época. Creo que estos tercetos quevedianos tienen hoy la misma actualidad que en la primera mitad del siglo XVII. La tiranía que hoy nos atenaza es más sutil, pero no menos cruel y, sobre todo, mucho más poderosa que el Conde Duque.

Este bipartidismo imperfecto y sofocante que nos controla, empieza por someternos a una demediación de nuestra personalidad; de modo insensible, la mayoría se ve privada de contemplar el arco visual entero, tiranizada por el imperativo categórico impuesto por un bipartidismo atroz, a saber, conseguir, a cualquier precio, el derribo y la ruina del adversario. Nunca podremos valorar adecuadamente la enorme cantidad de inteligencia y de prosperidad que se nos escapa por los entresijos de este tinglado maniqueo, lo caros que nos salen los rituales y jeribeques de nuestros políticos.

Me parece que la existencia de esta atmósfera inquisitorial, de la izquierda hacia la derecha, pero también a la inversa, no es nada casual, sino un producto de diseño, aunque burdo en última instancia. No quiero perderme en consideraciones acerca de quién es el responsable último de este estado de cosas, lo que sería casi imposible sin reproducir el esquematismo que trato de denunciar. Me bastará con aludir a un par de escenas de la actualidad política para que se pueda valorar el disparate. El PSOE bombardea con Gürtel, y el PP pretende responder con el caso Faisán; ambos partidos gastan munición sobrada en armar el mayor de los ruidos en un par de asuntos que, en una sociedad normal, debieran resolverse sin apenas escándalo, con discreción y sin exageraciones, para no dificultar la resolución de los problemas perfectamente reales que nos acongojan, y no sin motivo; aquí sin embargo nos atenemos al atavismo, porque nos han dicho que en eso consiste la democracia.

El encono y la saña con los que transcurre la vida política española, impide un análisis medianamente objetivo de las cosas, la comprensión de las estrategias de los partidos, la respuesta a dificultades comunes. Pondré otro par de ejemplos de lo que trato de señalar. Primero, sobre las estrategias de los partidos. No hace falta ser un gurú para ver que el PSOE necesita ganar posiciones en Madrid y en Valencia, porque los 25 escaños obtenidos en Cataluña son virtualmente irrepetibles; pues bien, como de casualidad, el caso Gürtel afecta al PP en esas dos plazas. El PP, por su parte, se modera hasta la exasperación de muchos de los suyos y responde con medidas chapuceras a ese ataque, confiando en que el tiempo todo lo difumine, porque tiene miedo de perder adhesiones por sus flancos. ¿Interesa algo de esto a los españoles de juicio independiente? Ni lo más mínimo, pero se ven inmersos en una refriega enloquecida que medios de opinión, absolutamente en quiebra, tratan de mantener viva, tanto para merecer las caricias de quien controla el presupuesto, como porque hacer información sale más caro que hacer demagogia y partidismo, y estamos en pérdidas.

Veamos ahora lo que ocurre con el interés común: la imposibilidad de lograr una mayoría que apruebe los presupuestos, independientemente de lo delirantes que nos puedan parecer, lleva al PSOE a comprar votos que se pagan con el dinero de todos: privilegios por aquí, cacicadas por allá, etc. Mientras tanto, el PP, lejos de contribuir de alguna manera, o de ingeniar un sistema que pueda evitarnos el gasto, se consuela pensando que ahora no es él quien está pasando por el mal trago. Pero nuestros dos grandes partidos son capaces de llevarnos al desastre, o de consentir que nos esquilme cualquier grupo pequeño de la Cámara, con tal de no dar su brazo a torcer.

¿Corrupción? Sin duda, pero aquí parece que ya nos hemos acostumbrado al “¡y tú más!”, al creer que eso basta para mantener a la grey con las filas prietas y en posición de prevención, que es lo que parece que se lleva. Pero, de esta manera, no caemos en que hay una corrupción más grave que la de unas bandas de chorizos o, incluso, la financiación ilegal de un partido, como en el caso Filesa y un sinfín de falsas empresas dedicadas al trinque. Lo penoso es que quienes debieran estar al servicio de los españoles y de sus intereses, se las arreglan para que la mayoría esté a lo que a ellos importa, a su mantenimiento en el poder, a su reparto obsceno de prebendas, no entre los mejores, sino entre los más allegados, madres y padres, como en Benidorm, hermanos y cuñados en las listas y en los gabinetes, lo que sucede por doquier. La corrupción de que nos hablan, sirve de tapadera de algo peor, y hay que atreverse a destaparlo, y dejar de bailarles el agua.

Un sinfín de despropósitos

Es imposible superar la impresión de que parte del PP, con Rajoy a la cabeza, ha enloquecido. Es difícil cometer tantos y tan abultados errores en tan poco tiempo y con tan escaso motivo; no hay quien pueda empeorar la delirante desconexión entre Valencia y Madrid, unidad que se suponía pactada con la insólita reunión secreta de Alarcón. Es inimaginable lo que podría haber pasado sin un plan conjunto, visto lo ocurrido después de horas de reflexión.

El nivel de confusión ante la situación de Ricardo Costa es propio de comedia de enredo, de culebrón, es un escarnio de la democracia. Los implicados no parecen comprender en absoluto qué es lo que los electores esperan de ellos: patriotismo, honradez, capacidad de sacrificio, o liderago; ante tamaño despiste, se dedican a ofrecer al público dosis masivas de lo contrario: incoherencia, egoísmo, triquiñuelas y toda clase de memas excusas para acabar comportándose como una legión de pollos sin cabeza.

Es bien sabido que la coherencia no es uno de los valores mejor representados en la conducta de los políticos, pero el caso de Valencia supera con creces lo tolerable. No se ha sabido si hay o no secretario general, si ha dimitido o ha sido cesado, si hay algo que investigar o ya se ha investigado, si se trata de encubrir a alguien, en fin, no hay manera de saber qué demonios tienen en la cabeza la dirección nacional, el señor Camps o el señor Costa. Lo que sí sabemos es que nos pretenden tomar por tontos, pues se dedican a decir cosas absolutamente contrarias y pretenden que pensemos que están en perfecta armonía, que se han tomado medidas, al tiempo que no se ha hecho nada, que se iba a destituir a un secretario general y resulta que se le felicita.

Diré lo que piensa muchísima gente, aunque no se atreva a decirlo por miedo a perjudicar a su partido, por miedo a contribuir a que nuestra España pueda seguir por más tiempos en las mismas manos. Lo grave de verdad es que personas que debieran poner por encima de todo su deber con los españoles están dedicadas a tareas de alcantarilla. El caso Gürtel es una bomba de relojería que alguien ha sabido colocar bajo los débiles cimientos de este PP a la espera de que nadie supiera cómo reaccionar adecuadamente. De momento, han acertado de pleno, aunque no sea seguro que consigan su objetivo, destruir la alternativa al PSOE.

Es evidente que el líder del PP no ha sabido reaccionar con decisión y energía, y que acabará teniendo que hacer, con enorme coste, lo que debería haber hecho de inmediato con un desgate mucho menor. La limpieza tendrá que empezar por sus inmediaciones, no hace falta que vaya muy lejos, y, si no acierta a empezar por el lugar adecuado, no conseguirá nada, ni siquiera llegar vivo al próximo congreso del partido.

Las estructuras de la corrupción

La actualidad nos sitúa de continuo ante alguno de los episodios de corrupción política. Tenemos dónde elegir, aunque me imagino que el público tenderá a concentrarse en los episodios de aspecto más chusco, sin pensar en que nadie nos asegura ni de que lo que sale sea verdad, especialmente por venir de quien viene, aunque lo grotesco de los casos nos invite a creerlo, ni, menos aún, de que, con toda probabilidad, serán más importantes y graves los casos que no salgan de ninguna manera a la palestra. Con este tipo de asuntos, casi se puede afirmar lo que los entendidos dicen respecto a los apresamientos de droga a cargo de la policía, a saber, que solo acaban cayendo aquellos que les interesa a los auténticos y más poderosos capos.

La corrupción existe porque puede existir, pero puede existir porque los ciudadanos nos desentendemos de los asuntos públicos, descuidamos los mecanismos de control y, llevados de la comodidad, hemos decidido que todos los políticos son iguales y no merece la pena prestarles mucha atención. Este convencimiento es, por cierto, una de las finalidades que persiguen los que se encargan de ofrecernos carnaza abundante, aunque sea con la fórmula de mucho arroz para tan poco pollo.

El nauseabundo caso Gürtel, está consumiendo una porción de actualidad increíblemente desproporcionada con su real importancia especialmente debido a la tibieza y a la torpeza de los líderes, por decir algo, del PP. No estoy diciendo que sea poca cosa, que no lo es, sino que lo que hace que crezca su importancia aparente es una hábil combinación de la torpeza y la insensibilidad del PP, junto con la astucia de sus rivales para apartarles habitualmente de su lugar adecuado. Pero, con todo su fondo de podredumbre y miseria moral, el daño que se ha ocasionado a los caudales públicos es realmente mínimo, si es que ha habido alguno.

Entretenidos con Gürtel, no sabemos mirar hacia otras partes, incluso hacia esquinas directamente relacionadas con el caso de marras. Ayer mismo informaba este periódico de que el Gobierno había adjudicado a Teconsa, una empresa implicada en la trama por el pago de comisiones, un contrato de millones de euros, pese a que resultaba ser el más caro de las más de 20 ofertas presentadas y pese a que la situación patrimonial de la empresa seguramente no cumplía con los requisitos que exige, en teoría, la administración a las empresas que se adjudican sus contratos. Al parecer, según el sumario, el dueño de Teconsa había pedido ayuda previamente a Don Vito y este le recomendó vivamente la vía monclovita que, finalmente, funcionó de perlas, gracias al buen hacer de manos amigas y femeninas. No traigo a colación este caso para igualar al PSOE y el PP, comparación en la que no voy a entrar, ni porque no haya podido encontrar otro caso que afectase al PSOE para dar a este comentario cierto aspecto de neutralidad; no es este, desgraciadamente, el caso porque hay mucho para escoger. Lo que me parece relevante es la diferencia en la atención, como me parece escandaloso que nadie haya preguntado cuál ha sido, por ejemplo, la relación de gastos de nuestra embajada olímpica, un descarado caso de gratis total para nuestros sacrificados y menesterosos, aunque escasamente eficaces, conseguidores olímpicos. Relación, en un doble sentido, de listado de gastos y de relación con lo que se haya gastado la ciudad de Río, que nos ha dado un baño.

Nuestra democracia está universalmente en crisis y el diagnóstico no es muy bueno. Estamos en plena crisis constitucional, territorial, política y económica, estamos, muy probablemente, peor que en ninguno de los momentos de los últimos cincuenta años, peor incluso que cuando, no habiendo democracia, soñábamos en tenerla. Con este panorama hay quien cree que es sano que fijemos nuestra atención en las abundantes gilipolleces de Gürtel. No se trata ni de un buen consejo, ni de una receta desinteresada.

Tenemos una necesidad urgente de poner en píe una auténtica renovación de la democracia, un programa de reformas bastante radical que nos permita salir del atolladero en que estamos. Habría que impulsar, al menos, tres grandes proyectos y, de momento, los partidos están entretenidos en un pin-pan-pun aburrido y estéril. Hay que aumentar de modo considerable la trasparencia de la forma en que se produce el gasto público para evitar que aumenten de manera continua los negocios que se acuerdan en beneficio de los presentes, y a costa de los intereses generales. Claro que nada de esto puede hacerse sin una justicia independiente, siempre atenta a no molestar a Mister X, ni con un Fiscal general dispuesto a recibir cualquier clase de órdenes del gobierno. Tampoco puede haber justicia independiente mientras sigan existiendo jueces a los que ningún otro juez procese, pese a ser evidente que la ley les importa menos que a los delincuentes de oficio. Pero, sobre todo, habrá corrupción mientras la consintamos con una mirada de suficiencia.


[Publicado en El Confidencial]

Moncloa tiene amigos en todas partes

Nada muestra mejor el trasfondo político del caso Gürtel, una gran operación contra el PP, capitaneada por el superagente Garzón, siempre al servicio de su Majestad el Poder, que el hecho de que se pase de puntillas sobre las implicaciones de Moncloa con gentes fichadas en el sumario pero muy queridas en ese Palacio, aguerridos leoneses y bondadosos constructores, como lo acredita su entrada a la serenísima sede.

Da la impresión de que nos hemos acostumbrado a considerar como irrelevante, a fuer de muy normal, que Moncloa trate de echar una mano a empresarios amigos; a los de la televisión, porque, al fin y al cabo, eso lo ha hecho también a la vista de todos, eliminando, por ejemplo, la financiación publicitaria de TVE, y adjudicando sin el menor atisbo de vergüenza o azoramiento canales de TDT de pago a los colegas de cancha de ZP, y, como todo el mundo sabe, no ha pasado nada, salvo el despecho de los eternos descontentos; por la misma razón, no debiera haber ningún inconveniente en ayudar a algún probo constructor leones, o vallisoletano si no hay mejor cosa a mano, pues, al parecer, tenía, el pobre, dificultades para el trato con el PP, aunque, para su fortuna, también tenía línea directa con el poder de verdad.

Es posible que en toda esta historia de gürtelianos y monclovitas no haya nada más que unas llamadas de teléfono, pero justamente eso, y muy poco más, es lo que ha servido a los tramoyistas judiciales que transcriben sumarios secretos para poner en la picota al partido de la oposición, aunque, claro, con el entusiasta apoyo de una alianza entre sinvergüenzas y tímidos. Algunos de los mandos intermedios del PP se han comportado como auténticos chorizos, timando y desprestigiando, al propio partido, que es la impresión que trasciende de cuanto se dice en el sumario. Algunos responsables del PP parecen atenazados por su natural timidez o por un extraviado instinto de supervivencia y no acaban de limpiar a fondo, como debieran, las covachuelas y las tribunas del partido, sin dejar en su sede ni a parientes ni a amiguitos.

Cierta prensa se ha esforzado para que el timado, el PP, aparezca como timador, además de intentar que sus líderes queden como bobos de oficio, como cómplices, o como pusilánimes. Pero, por lo que se ve, una cosa es tratar de implicar al PP a partir de las sirvengozonerías de algunos de sus cuadros, y otra atreverse a preguntar si en Moncloa todo el mundo anda ocupado únicamente en temas sublimes como la paz perpetua, la alianza de civilizaciones, la solidaridad, la invención de derechos al vacío, o la economía sostenible. Garzón ha sido fiel a su trayectoria y ha decidido poner las X dónde corresponde, sin traspasar ni por un milímetro el límite de lo conveniente, de manera que no es fácil saber a qué se refieren algunos cuando le acusan de no saber instruir.

La opinión pública tiene derecho a saber qué se ha hecho en Moncloa para favorecer a quienes no encontraban consuelo en un PP sin acceso a los presupuestos verdaderamente amplios. Ni siquiera un ser tan aparentemente seráfico como Zapatero está inmune al intento de utilización por parte de gentes avispadas que saben bien lo mucho que gusta a los políticos influir en lo que no les concierne y ganar amigos. Por ello resulta verosímil sospechar que Moncloa, que ha tratado de controlarlo todo, desde quién preside el BBVA hasta quién compra Endesa, pueda tener la tentación de echar una mano a buenos amigos, especialmente en aquellas regiones, como Castilla León, en que su partido no acaba de convencer al personal de que podrán ser más felices cuando se abandonen a su benéfico control.

Barra libre

Esta mañana, un comentario sobre la segunda república, destacaba que, entre las causas de su fracaso, ocupó un lugar importante la escasa convicción democrática de la mayoría de sus líderes, tanto a la izquierda como a la derecha, de manera que no es difícil comprender que sus posibilidades de éxito no fueran muy grandes.

¿Nos pasa algo parecido a nosotros? Me parece que la respuesta tiene que ser, desgraciadamente, un sí, y que, salvando las innegables diferencias, el sistema de la Constitución del 78, está seriamente en riesgo por esa misma razón, porque muchos de nuestros líderes siguen viendo en la democracia únicamente un modo de legitimación, no un sistema que implique determinadas exigencias morales.

Las dos fallas más evidentes del sistema son la corrupción y la inestabilidad territorial, y ambas tienen su origen en la forma de funcionar los partidos políticos, enteramente ajena al interés general, y entregada únicamente a favorecer los intereses inmediatos de los dirigentes.

Veamos un par de casos. Estos días tenemos a Gürtel ante nuestras asqueadas narices. Pues bien, el Presidente del PP nos sorprende manteniendo una ridícula reunión secreta, en territorio supuestamente neutral, con uno de los afectados y dándole barra libre para que trate de resolver el asunto a su antojo. Para mayor escarnio, el señor Camps se despacha con unas declaraciones, tan escandalosas como cursis, en las que afirma que los dirigentes del PP valenciano se ayudan mutuamente, se quieren mucho y que todo esto es muy bonito. Me parece que en una democracia mínimamente seria, el señor Camps, junto con todos sus amiguitos, habría tenido que dimitir hace ya tiempo, y que el señor Rajoy deberá hacer lo propio si no se decide, definitivamente, a atajar un asunto que, aunque tenga su origen en la artera agresión del adversario, pone ante los desencantados ojos de los electores una desdichada realidad que afecta seriamente a los entresijos de su organización.

Puede haber quien piense que la obligación del PP es mantenerse en el poder a todo trance y combatir los intentos de desestabilización; sin duda es eso así, pero no creo que nadie creae que el PP pueda perder las elecciones si da muestras serias de que no piensa consentir ningún modo la corrupción. Lo contrario es lo que es peligroso, doblemente si se asume, como se hace, que no existe un único PP, sino que el PP es ya una especie de caótica federación de taifas, gobernada por una casta de intocables que poseen los votos de sus comunidades, es decir, que el PP sea ya, en la práctica, un partido nacionalista de donde haga falta para dejar de ser el mismo partido español en todas partes.

Esto nos lleva directamente a la segunda cuestión, al disparate territorial. Me parece que ha sido Rosa Díez quien ha dicho una de las cosas más certeras que he oído nunca sobre este asunto: “el problema no son los nacionalistas, sino que los grandes partidos acaben haciendo lo que los nacionalistas quieren”. Y, ¿por qué pasa eso? Pues porque sistemáticamente, los líderes de los partidos mayoritarios buscan su propio beneficio, aún a costa del desastre general. Para no retroceder, que podría hacerse, fijémonos en la conducta del PSOE actual a este respecto. Se somete tanto al dictado de los nacionalistas catalanes que corre el riesgo de acabar desapareciendo en Cataluña, donde está en el poder al precio de ejecutar las políticas nacionalistas más extremas, olvidando completamente el sentir de sus votantes y el interés general de los españoles.

La clave de este despropósito es que los actuales dirigentes del PSOE son incapaces de concebir algo distinto a la conquista del poder como objetivo de su acción política. Es la misma clave con la que han diseñado su estrategia de paz frente a los pistoleros de ETA, la explicación de su no respuesta a la crisis económica, el motivo de su absoluta falta de respeto al mínimo indispensable en la separación de poderes, la causa de sus descaradas intervenciones en el sector eléctrico o el fundamento de su desfachatez a la hora de favorecer a sus amigos de ocasión en el reparto de prebendas. Se trata, en suma, de que el actual partido socialista, con el dontancredismo de su líder a la cabeza, está absolutamente dispuesto a hacer lo que sea necesario (no se olvide que esa es, precisamente, la fórmula operativa de las mafias) para mantenerse en el poder, más allá de cualquier coherencia política, más allá de cualquier consideración del riesgo en que se pueda incurrir, sin que les importe un ardite la amenaza de que todo pueda saltar por los aires.

Es probable que la desvergüenza de que hacen gala los políticos sea un reflejo de nuestra tradicional picaresca, de la moderna creencia de los españoles de que todo da igual, y a vivir que son dos días. Es lastimoso que la opinión pública sea tan comprensiva con estas aberraciones o, peor aún, que las juzgue únicamente, con el criterio hipócrita del partisano: por ahí habría que empezar a cambiar.

[publicado en El Confidencial]

La pólvora del Rey

Me parece que cada día es más frecuente que los españoles vivamos en estado de queja frente a la insolencia y la rapiña de los poderes públicos; personalmente, no tengo duda al respecto: creo que nuestra democracia, aunque haya servido para consagrar la legitimidad del poder político, cosa que era muy necesaria, no ha sabido avanzar en la delimitación de los poderes, tal vez porque sea más fácil ser demócrata que liberal.

Los políticos se sienten respaldados por las instituciones que ellos ocupan, porque los partidos que son, como ahora se dice, transversales, y monopolizan todos los espacios, se han convertido en auténticas falanges, por no decir mafias, que tienden a olvidar la razón última de su existencia y se dedican, por encima de todo, al propio beneficio. Con la excusa de que no se pueden ceder terrenos al enemigo, han privatizado completamente la gestión pública y reclaman para ellos y sus asuntos los privilegios que solo tienen sentido para el ciudadano común. Por ejemplo, la presunción de inocencia es un principio que tiene sentido para proteger al individuo frente al enjuiciamiento judicial y la ausencia de pruebas, pero apenas tiene ningún papel que jugar en la esfera pública, un ámbito en el que los ciudadanos harán bien en sospechar y condenar las conductas escasamente transparentes y objetivamente escandalosas de sus representantes, más allá de lo que los jueces pudieran determinar, en el caso de que se dedicaren a ello.

Se podría objetar que eso acabaría por suponer que el político estaría indefenso frente a cualquier acusación arbitraria, proveniente, por ejemplo, de la oposición, o de sus enemigos. Es verdad que existe ese riesgo, pero es menor, a mi entender, y a la larga, que el que se deriva de que los partidos asuman la defensa de la decencia de sus cargos públicos como si se tratase de una obligación primordial, en lugar de depurar internamente las responsabilidades y de actuar conforme a la sensata máxima de que la mujer del Cesar tiene que ser honesta y, además, parecerlo.

Esa moral colectiva de autodefensa es un cáncer voraz que acabará, si no se corrige a tiempo, y no queda mucho, por esterilizar completamente al sistema. Es gravísimo que eso suceda, además, en un entorno en el que apenas hay atisbos de independencia judicial, y en el que la sofística política ha impuesto la convicción de que la soberanía popular inviste a sus representantes con un poder que está por encima de las leyes comunes.

En un escenario así sería absolutamente milagroso que los políticos no tendiesen a sobrepasarse, a abusar. Si a los ciudadanos les hace gracia que un alcalde prepotente se lleve a Copenhague a una troupe de cuatrocientas personas, empezando por el Rey y su augusta familia y acabando por unas aristocráticas azafatas, la cosa tiene difícil remedio. Menos mal que no han ganado, y eso acaso pudiere conseguir que empecemos a preguntarnos si tiene algún interés el derroche inagotable de tanta pólvora del Rey, esa que pagamos todos, menos el monarca.

Si no quieres caldo, dos tazas

Cuesta trabajo entender la incoherente y tardía reacción del PP ante las acusaciones policiales de corrupción; desde que se puso en el ventilador el caso Gürtel, el PP no ha tenido una actitud uniforme ni una estrategia coherente; su conducta se ha basado, sucesivamente, en la minimización, en la sospecha sobre la fuente y, finalmente, en afirmar que el partido estaba sometido a una persecución, es decir, en afirmar algo que, además de que dista de ser evidente para quien conserve cierto grado de ingenuidad, implica asumir que esa supuesta evidencia pueda implicar algún principio exculpatorio; finalmente, y sin que pueda entenderse el porqué, da la impresión de que se quiere empezar a pedir responsabilidades a personajes de segundo nivel, sin que se expliquen mínimamente las razones para poner en la picota a personas que, hasta ayer mismo, eran presentadas como objeto de inicuas persecuciones, seres enteramente dignos, espejo de virtudes y de inocencia, pero que, de repente, parecen molestar a los que se están por encima.

Salvo en Madrid, donde Esperanza Aguirre se separó prontamente de un importante núcleo de afectados para mantener una posición de firmeza contra los abusos, la dirección del PP ha sido elusiva y ha apostado, en un primer momento, por la inocencia de los afectados, la incoherencia de los sastres implicadores, y la venalidad de los informes anónimos. La música de fondo sonaba a que, menudencias aparte, no había ninguna financiación ilegal del partido. Ahora, la música parece haber cambiado de tono. Las preguntas que hay que hacerse son las siguientes: ¿es que el PP no piensa nunca en lo que va a pasar luego de dar un paso determinado? ¿Acaso el PP ignora con quién se enfrenta? ¿Es que nadie sabe lo que pueda estar pasando en el PP y lo que hace la gente que maneja dinero?

Ahora se pide la cabeza de Costa, pero no la de Camps. Supongo que el PP quiere dar a entender que el interior del partido está literalmente repleto de murallas chinas, de manera que nadie sabe nunca lo que hace, sobre todo si resulta ser malo, el que ocupa el despacho de al lado, pero me temo que esa explicación puede ser más perniciosa para la credibilidad del PP que la hipótesis contraria, aunque conllevase medidas dolorosas, pero ejemplares.

No hay duda alguna de que elementos con poder, con tecnología y con capacidad de controlar las conversaciones ajenas, están dispuestas a ensuciar al PP con el fin de cortar de raíz cualquier posibilidad de ascenso en las encuestas y, finalmente, de victoria. No hace falta ser un gran especialista en historia política para recordar que esa estrategia se le aplicó con gran dedicación al joven Aznar inmediatamente antes de 1996; fue lo que se llamó el caso Naseiro y otros llamaron el caso Manglano. Aznar, sin embargo, reaccionó con prontitud, tomó cartas en el asunto y encargó un proceso interno que, dicho sea de paso, se llevó injustamente por delante a la que seguramente era la mejor cabeza política de aquella generación. Aznar dio la prueba de que no iba a consentir según qué cosas y, finalmente, acabó ganando las elecciones. Ahora no se ha hecho así, y no consigo explicarme las razones de un error tan persistente y tan importante.

No creo que las maniobras de Rubalcaba, si es que son suyas, acaben por arruinar las esperanzas políticas del PP, pero sí creo en la capacidad del PP para hacerse un daño considerable y enteramente innecesario. Es fácil comprender que asumir responsabilidades cuando se ponen de manifiesto conductas gravemente sospechosas cuesta muchísimo trabajo, y que se puede ceder a la tentación de esperar a que escampe, pero es un poco ingenuo pensar así y, al tiempo, gritar que enfrente se tiene un enemigo muy, pero que muy malo. Los políticos están obligados a ser, pero también a parecer, y si su parecer se ensucia, su ser va a servir de muy poco. La política se rige por reglas que no son exigibles en la vida ordinaria, y quienes llevan años en las poltronas ya debieran saberlo.

El PP no puede seguir dando, ni un minuto más, la sensación de que es tolerante y equívoco con la corrupción de los suyos, cuando son importantes; no puede actuar de ninguna manera que permita emplear ese argumento. Eso puede tener costes políticos muy altos, pero ya deberían saber los que están arriba que su posición se justifica en la necesidad que el país tiene de sus servicios, no en las comodidades que puedan añorar. Gürtel es una bomba con efectos retardados únicamente porque el PP se ha resistido a tomarse en serio sus obligaciones en ese terreno. Muchos piensan que es un error más de una dirección vacilante y desnortada, pero todo tiene arreglo porque, como quería el poeta, hoy es siempre todavía. Hay que limpiar a fondo esa guarrería indigna y caiga quien caiga: mejor hoy que mañana. Si no se hace así, las responsabilidades serán, en todo caso, muchísimo más graves, y podrían conducir a una situación realmente irremediable.

[Publicado en El Confidencial]