La solución surrealista

Un libro de Dominique Noguez ha puesto sobre el tapete las relaciones entre Lenin y el dadaísmo. La crítica virulenta contra la burguesía, el internacionalismo, la exaltación de la minoría de vanguardia, el colectivismo y la agresividad son algunos de los caracteres comunes a Lenin y a Tzara que, al parecer, no anduvieron lejos físicamente hacia 1916. Por encima de la broma que haya podido idear Noguez, las analogías son verosímiles y se me ocurre que, por tanto,  hay píe suficiente para subrayar la vocación surrealista del socialismo que tanto y tan amablemente nos divierte. 

El surrealismo sirve al PSOE de cobertura en una serie de frentes nada menores. ¿Cómo se ha podido aplaudir a  Fernández Bermejo desde las bancadas del Parlamento tras haber dicho, con auténtico garbo, “¡pues claro que no dimito!”, si no se es seguidor de André Bretón, y se toma a chacota la seriedad y seriamente cualquier gansada? Todo el ciclo de caza garzoniano-bermejiano, caza legal, real, ilegal y metafórica, ha parecido un disparate escénico de Jardiel Poncela, una comedia inacabable con su ambulancia y todo. Pero que nadie crea que se trata de un caso aislado. Pepiño Blanco, que, como Guerra, es hombre de tablas, ha echado nada menos que a Aznar la culpa de que Endesa haya hecho un recorrido genuinamente da-da yendo a parar finalmente a manos del Estado italiano. En una performance digna del surrealismo más exquisito, tan afinado como el que emplea en sus no escasas declaraciones, la Ministra de Fomento se ha ido a Siberia para ver si se pueden introducir aquí las medidas contra el frío extremo que son comunes en la estepa rusa. En Galicia, tierra de meigas y otras extravagancias sub-reales, el señor Touriño atiende a los periodistas sin contestar sus preguntas. 

Pero la cumbre del surrealismo, dejando al margen la declaración de Zapatero de que no puede dormir pensando en los parados, tal vez esté en el deseo del señor Solbes de imitar a Fernández Bermejo en su condición de ex-miembro del Gobierno. Resulta que los españoles estamos ante la  peor crisis de nuestra historia reciente y el Vicepresidente responsable de la política económica  se dedica a las sutilezas, a mostrar cómo los desastres predictivos, la absoluta convicción de que no se puede hacer nada y el lento desangrarse de nuestra economía no le han hecho perder el brillo de su ingenio. 

España, ese viejo país ineficiente según Gil de Biedma, está en manos que prolongan sus tradiciones más necias y nada parece conmovernos. Son muchos los que piensan que la izquierda ha traicionado a la Nación, a sus ideas y a su moral, pero ahora está traicionando su estética en la medida en que se cisca en la herencia ilustrada y renuncia a acabar con la España de charanga y pandereta que supuestamente iba a borrar de la faz de la tierra. Cuando se ve la televisión andaluza o las fotos de la cacería y de la adhesión incondicional al Ministro, se experimenta un retroceso intolerable en el túnel del tiempo. 

No me refiero solo a la gestión. Hay algo más preocupante aún, que es el clima moral de apartheid en el que se ha querido colocar a una oposición perfectamente legítima, aunque muy desconcertada. Un dramaturgo exiliado, José Ricardo Morales, le hace decir a su Don Juan en Amor con amor se paga, que España es una suma de intolerancias; pues bien, ese retrato sigue siendo el nuestro, un clima en el que cualquier democracia estará siempre en riesgo de demolición, y este gobierno no ha hecho nada por acabar con esa grave limitación de nuestra vida pública, seguramente porque cree que se le saca mayor renta al espectáculo cómico-taurino que al rigor y a la paciencia. 

Felipe González se ganó una inmensa confianza el día que dijo en la televisión aquello de que el cambio consistiría  en que España funcione. No creo que ZP se atreviese a repetir nada ligeramente similar al frente de un Gobierno tan fuera de lugar. Ante la estupefacción general el gobierno se comporta como el maestro Ciruela, que no sabía leer y puso escuela, y pone cara de que se dispone a arreglar cualquier cosa que parezca un poco desquiciada, lo mismo sea la Justicia que los crímenes junto al Guadalquivir. De manera renqueante se confirma en un populismo estéril porque seguramente confía, como lo hacía el propio Lenín, en que  cuanto peor, mejor. 

La oposición no sale mucho mejor parada en este cuadro, entre otras cosas porque a sus electores, y a muchos ciudadanos con la cabeza en su sitio, les resulta insoportable que se cometan tantos errores como para no aventajar a cómicos tan chapuceros.  El PP ha sabido defenderse con rabia cuando se ha encontrado al borde del abismo, pero tiene que demostrar que sabe y pude emplear esa misma energía para defender no su buena fama sino el bien de todos, y eso está por ver. Tras una especie de impasse a la espera de unos resultados que no satisfarán a nadie vendrán las europeas. Entonces será el momento de cambiar el rumbo y, seguramente, de tripulación. 

[Publicado en El Confidencial]

¿Nombres de partido para edificios públicos?

            [Talgo procedente de Madrid entrando en Burgos Rosa de Lima]

Ayer me acerqué, como buen aficionado a los ferrocarriles, a ver la nueva estación de Burgos, recientemente inaugurada. No siendo burgalés, por aquello de que nadie es perfecto, resultó un auténtico calvario localizar la nueva estación pues no había ni en la ciudad ni en las carreteras de acceso la más ligera indicación. Uno debería estar acostumbrado a esta clase de incurias, pero lo consigno por si vale. Por supuesto el acceso supone una auténtica carrera de obstáculos; supongo que será una medida para promover la afición a los rallyes, pero llegué.  

La estación es llamativa y, aunque está sucia y destartalada, como suelen estarlo las cosas que aquí se inauguran (puertas que no se abren, polvo infinito, caminos que dicen llevar a lugares a los que no se puede ir, y un largo etcétera), mi sorpresa mayor fue ver que en su frontispicio lucia un nombre que no era, como cabría esperar, Estación de Burgos, sino Burgos Rosa de Lima. Pregunté las razones a un par de personas y nadie supo explicarme la causa de una denominación tan exótica. 

En cuanto pude, me puse a investigar la razón de tal nombre. Transcribo lo que pude ver en un suelto del Diario de Burgos: “Fiel a la nueva política de poner nombres a las estaciones de ferrocarril, el Ministerio de Fomento tiene ya decidido cómo quiere que se conozca a la de Burgos. Para ello, y tras las pertinentes consultas a la Subdelegación de Gobierno y a los dirigentes provinciales del PSOE, ha elegido la figura Rosa de Lima Manzano, la que fuera directora general de Tráfico durante el segundo Gobierno de Felipe González y que falleció en un accidente el 30 de junio de 1988. De esta forma, el Gobierno central quiere rendir un homenaje a una socialista comprometida con la igualdad de derechos. Fue la primera mujer nombrada gobernadora civil y también hizo historia al convertirse en la primera mujer al frente de la Dirección General de Tráfico.” 

Vista la explicación hay que reconocer que doña Rosa de Lima fue persona de mérito, pero lo que me pregunto es si es lógico que alguien decida por sí y ante sí (aunque consultando a la agrupación socialista del lugar) cuáles han de ser los nombres que se ejemplaricen adjudicando su nombre a diversos edificios públicos. 

Este hecho muestra de manera muy clara la escasa capacidad de diferenciar lo público de lo privado que es típica de personas escasamente liberales, absolutamente insensibles a las opiniones ajenas. Ni siquiera se paran a considerar que lo que a ellos puede parecer admirable no siempre tendrá el mismo grado de reconocimiento general. Si doña Rosa fue ejemplar, pues dedíquenle una escuela de verano, editen a su costa, y no a la de todos, un libro de homenaje, o denle su nombre a la mencionada agrupación local. Para denominar los espacios públicos deberían escogerse personas de méritos más obvios y de mayor consenso. 

Como ha mostrado el reciente incidente de la cacería garzonesca y justiciera, abundan quienes están tan persuadidos de ser la personificación de todas las virtudes públicas que ni siquiera rinden un mínimo culto a las apariencias. Ni saben ser neutrales y respetuosos de los puntos de vista ajenos, ni consideran que se haya de guardar ninguna clase de formas, tan convencidos están de su excelencia. 

La tormenta perfecta

En 1986, con motivo del desastre del Challenger, Richard P. Feynman, seguramente el físico más eminente de la segunda mitad del siglo XX, que era, además un prodigioso ingeniero, hizo un informe sobre las causas de la catástrofe. El dictamen fue inmisericorde con los errores cometidos y terminaba con una reflexión que ha sido citada con frecuencia: “si se quiere tener éxito hay que atender a la realidad por encima de las relaciones públicas, porque la naturaleza no puede ser burlada”. El asunto, un fallo que conmovió al mundo, no era meramente tecnológico, porque los errores derivaban, de una u otra manera, de los politiqueos y las operaciones de imagen. Sé de sobra que la política es una materia menos exacta que la tecnología, pero lo que nos recuerda el pensamiento de Feynman es los peligros del autoengaño. Me viene mucho a la cabeza el consejo de Feynman cuando considero la situación histórica en la que se encuentra la sociedad española y la clase de cataplasmas que se nos propone aplicar. Creo que nuestro riesgo es adentrarnos en la tormenta perfecta si seguimos insensatamente el consejo de los que dicen que lo pasaremos mal por un tiempo pero no hay ningún peligro de naufragio y que debemos comportarnos como si no pasase nada.Estamos ante la conjunción de una triple crisis, una coincidencia terriblemente desdichada pero que de nada sirve negar. En primer lugar una crisis constitucional que se pone de manifiesto por la implosión del Estado de las Autonomías, un monstruo inestable e insaciable que hace inviable cualquier política sensata y que ha puesto sobradamente de manifiesto el fracaso de los repetidos intentos, de la derecha y de la izquierda, para conseguir una mínima lealtad de los nacionalismos. Además de ese fracaso el sistema ha impulsado la propia desarticulación de los partidos nacionales que es bastante evidente, en especial en el PP. Estamos, en segundo lugar, ante una gravísima crisis de los partidos centrales del sistema, tanto del PP como del PSOE, seguramente más evidente en el PP, pero no menos grave en la izquierda. Una buena parte de los dirigentes de los partidos se comporta como si fueran los propietarios del poder y se dedican a disputárselo a dentelladas, olvidándose de cualquier consideración moral, de cualquier patriotismo y del respeto a los electores, de cuya voluntad se consideran dueños. Ellos lo saben todo, lo hablan todo y lo deciden todo, mientras el público se dedica a pagar impuestos y a salir adelante como puede. El Parlamento está casi muerto y el presidente pretende sustituirlo por un debate ante unos ciudadanos anónimos que, de cualquier modo, le han dejado muy en evidencia. Las administraciones públicas aumentan su personal (en Extremadura más del 30% trabaja para la Junta, por ejemplo) para mayor lucimiento de los gerifaltes y se dedican a mejorar el mobiliario, a inaugurar embajadas o a crearse sus propios servicios de seguridad, supongo que para protegerse de la ira popular cuando la cuerda se rompa de tanto tensarse.Por último una crisis económica y de empleo espectacular que el gobierno trata sin éxito de ocultar detrás de una realidad internacional también bastante acongojante. Los españoles podrían pensar que nuestro actual nivel de vida está garantizado por alguna especie de milagro, pero se equivocarían. El hecho es que hemos abandonado de manera aparentemente brusca el camino de la prosperidad y que todo se nos aparece negro y espantoso, sobre todo cuando consideramos en qué manos estamos. Nuestra economía está rota, nuestras instituciones no funcionan ni a medio gas, la Justicia no sirve para nada (sirve de tan poco que los políticos tienden a refugiarse en ella para disimular sus calaveradas y sus líos), nuestras grandes empresas se desinflan y los grandes periódicos se convierten en boletines de facción pretendiendo que se dedican al periodismo de investigación. Me parece evidente que buena parte de la clase política se dedica a disimular la gravedad de la situación, en buena medida fruto de su incompetencia y de su falta de interés en los problemas reales, y que cuando algunos políticos ponen el dedo en la llaga, como ha hecho, por ejemplo, Manuel Pizarro, desaparecen extrañamente del primer plano. El sistema necesita un retoque muy a fondo, una especie de refundación, que solo podrá hacerse previo acuerdo de los dos grandes partidos, pero, de momento, parecen más interesados en la trifulca que en nuestro porvenir. En mi opinión ese acuerdo es casi impensable con Zapatero en el poder y debería ser posible tras una victoria del PP que ahora no parece ni siquiera imaginable. El PP parece entretenido en debilitar sus bastiones, aunque la responsabilidad de unos sea mayor que la de otros,y está completamente ausente de las esperanzas de salvación de los atribulados españoles que el lunes mostraron no creer ni una palabra al inquilino de la Moncloa.En esta situación hay que preguntarse con cierta angustia: ¿hay alguien ahí?
[Publicado en El Confidencial]

Jugar con Internet o tomarse la democracia en serio

Ahora resulta que El PSOE golea al PP también en Internet. Leo en la Gaceta de los negocios un estudio sobre el uso de las páginas web, los buscadores,  las redes sociales y un cierto etcétera, en relación con los dos partidos que concluye con ese dictamen. También leo, en varios lugares, que Rajoy piensa convertirse en el Obama español y que para eso se ha agenciado la colaboración de un grupo de expertos (alguno de los cuales da mucha risa) con el fin de ponerse a la tarea.

No quiero engañar a nadie: ¡ojalá lo consiga!, pero me temo que, en esto, como en tantas cosas, suele ser inútil por completo querer arreglar la fachada del edificio sin ocuparse de los desequilibrios y problemas estructurales que la llenan de grietas. 

Los votantes del PP se preguntan muchas veces, sin duda, por las razones que hacen que su partido, salvo las escasas excepciones que están en la mente de todos, tienda a perder las elecciones más allá de la frecuencia que sería razonable vista la composición de la sociedad española. El diagnóstico está hecho y es rara la unanimidad de los analistas al respecto, de manera que lo que empieza a resultar intrigante es la inusual habilidad de los cabecillas del PP (de muchos, aunque no de todos ni siempre) para comportarse de manera inadecuada. En mi opinión personal, el error de análisis que precedió a la derrota de las últimas generales fue de los que hacen época, porque el sesgo que hizo ganar a ZP es más simple que el mecanismo de un chupete. Nunca he logrado adivinar a qué se dedican exactamente los que asesoraron a Rajoy en esa ocasión en que, al parecer y por una vez, sí se estaba jugando algo. Pero bueno, eso es ya historia, es decir aquello que desprecian los que se obstinan en ser más listos que la realidad.

Volvamos a Internet y a preguntarnos por las razones de esa diferencia. En primer lugar, habrá que considerar que la edad es un factor importante: los más jóvenes son más navegantes y, grosso modo, es un hecho que están prefiriendo a Zapatero. No entraré en este asunto que merece, por lo sorprendente, análisis aparte. Tiendo a pensar, sin embargo, que la sola variable de la edad no sea suficiente.

Otra variable creo que podría ser el grado de pericia tecnológica de los dirigentes y los asesores, pero me parece que ese es un factor que debiéramos desconsiderar porque por malo que sea el nivel de Rajoy  y los suyos no parece fácil superar el nivel de impericia del que ha dado muestras ZP en una entrevista reciente. Por lo demás, González Pons, que me parece que algo tiene que ver con esto, sí es persona competente y capaz de orientarse en estos asuntos, o, al menos, lo era.

A mi entender, la verdadera causa del desaguisado es que los militantes y simpatizantes del PSOE se sienten más motivados que sus pares  del PP porque su partido es relativamente más permeable, primera razón, y, en segundo término,  porque cada uno de ellos se juega más en el triunfo de su partido. Lo primero me parece evidente. El PP presume de tener cientos de miles de afiliados pero o bien no sabe aprovecharlos, para lo que bastaría con no querer que la competencia interna sea fuerte, lo que es un deseo muy razonable en los bien colocados, o bien los militantes y los simpatizantes saben que no cuentan realmente para nada y tratan de no sufrir más de la cuenta intentándolo en vano.

Internet representa un tipo de apertura que el PP está muy lejos de poder representar, de manera que los intentos de la maquinaria por simular mayores cuotas de participación conducirán inevitablemente a lo contrario.  Internet no es ya una imagen, sino una realidad bien granada en la que se mueve a su gusto la parte más dinámica y responsable de la sociedad española. De nada sirve tratar de engañar a este tipo de gente a la que su experiencia navegando le ha hecho capaz de buscar eficazmente lo que merece la pena y le ha enseñado a pasar ampliamente de las meras fachadas, de los simulacros. 

Un partido que evita el debate interno, que simula los congresos, que privilegia insensatamente los mecanismos hereditarios y que hace todo lo posible para designar desde arriba a los que habrían  de elegir desde abajo, está condenándose a ser un partido con muy escasa movilidad, con menos reflejos que la Cibeles, como diría un castizo.  El PP necesita tomarse en serio la democracia no solo hacia fuera sino, muy sobre todo, hacia dentro y, mientras no sea capaz de hacerlo en serio, seguirá fortaleciendo la impresión de que es un partido que ni se fía de los ciudadanos ni se gobierna democráticamente, de modo que seguirá sin ser capaz de merecer directamente el voto de la mayoría. 

Las últimas orientaciones estratégicas del PP, seguramente tomadas con la mejor intención, dan la impresión de que los dirigentes ya no se fían tampoco de las ideas que les dieron el poder hace casi quince años y que andan a la espera de que se produzca el abandono de los votantes socialistas, por otra parte extremadamente lógico. Pero se equivocan de medio a medio si piensan que esos desencantados van a votar una versión oportunista y acomplejada de la derecha porque siempre verán en ella no a un manso cordero, sino a un lobo cobarde, pero peligroso. La batalla hay que darla muy de otra manera, no disimulando sino convenciendo y para eso hay que ser, para empezar, ejemplar. 

El PP tiene que empezar a creer en serio en la democracia y eso significa apostar de manera efectiva por el debate de ideas y por la nitidez ideológica, de cara al exterior, y, hacia dentro, por un partido abierto en el que la gente de valía pueda  progresar sin necesidad de inclinar a todas horas el espinazo ante el que se encuentra momentáneamente arriba. El Obama que dicen andar buscando no saldrá de simular el empleo de Internet, sino de tomarse en serio la libertad, el debate de ideas y  la democracia.   

[Publicado en El estado del derecho]

Causas y síntomas

Parece que algo se mueve en el PP, aunque lo anormal sería que no se moviera, visto el panorama. Tanto la designación de Jaime Mayor como el rescate aznariano de María San Gil parecen moverse en una misma dirección, a saber, tratar de contener lo que pudiera ser una fuerte pérdida de votos por el flanco de UPyD. Creo que el éxito de UPyD merece una consideración más de fondo que la meramente táctica.  Tanto en este caso como en el anterior de Ciutadans, es claro que esas nuevas fuerzas surgen de la insatisfacción con el comportamiento de los grandes partidos. El PP no debería confundir su análisis: aunque sea obvio que ambas novedades tienen que ver con limitaciones de su política, el PP no debería entregarse al lamento o al intento de combatirlas, puesto que no dependen sólo de su inhabilidad, sino que tendría que ocuparse de que el espacio electoral que a él pudieran arrebatarle fuese mínimo.

No hay política sin limitaciones (nadie puede gustar a todo el mundo), de manera que siempre pueden cristalizar núcleos de descontento inmediatos a la zona de influencia de cualquier fuerza política, lo que hace completamente inútil y melancólico el esfuerzo directo por evitarlos.  Esto significa que es especialmente necio combatir el síntoma sin estudiar a fondo las causas y que, especialmente en el caso de UPyD, que nace inequívocamente de la izquierda, la política del PP debiera dirigirse a facilitar el crecimiento del UPyD a costa del PSOE, que es su electorado natural, sin dar por hecho que la mera existencia de UPyD le perjudique.

La pregunta esencial es ¿cuáles son las razones por las que UPyD arrebata votos al PP? Esa es la pregunta que se habrían hecho los estrategas del PSOE si hubiese existido una escisión del PP por su izquierda y se comprobase que quitaba votos a los socialistas. Mi impresión es que el problema del actual PP consiste en que ha aceptado pelear con las reglas que establece ZP, una conducta que le condena a la esterilidad e impide radicalmente su victoria, justamente lo que habrán perdibido los votantes del PP que decidan votar a Rosa Díez. Se trata de un error de bulto, algo así como que la Pepsi encargase su campaña de imagen a los ejecutivos de Coca Cola.

Ayer mismo leí unas declaraciones de un responsable (es decir, de alguien que debiera serlo) del PP afirmando que “Todos coinciden en que la pasada fue la legislatura de la crispación”, un diagnóstico que no mejoraría ni Pepiño Blanco. Ceder la iniciativa, imitar la estrategia del contrario, aceptar su lenguaje, renunciar a ofrecer planes coherentes y a argumentar de modo persuasivo, lleva a la repetición, al enfrentamiento ritual, cansa al público y hace que, en el circo del PP, se agiganten los enanos. 

La reforma de los partidos

Los españoles tenemos un problema que nos cuesta reconocer por temor a que se pueda poner en duda el valor de la libertad: los partidos están secuestrando la democracia y su ejemplo cunde.

Nuestros partidos se han hecho, sin excepción, cesaristas, algo que nunca hubieran aprobado los constituyentes, pero nuestra tradición de despotismo ha resultado ser demasiado fuerte. Somos una Monarquía y los líderes quieren ser inviolables, como el de la Zarzuela, y controlar la llave de la sucesión para que todo siga tan “atado y bien atado”.

Convertir los partidos en máquinas de poder y de adulación, nada tiene que ver con la democracia, más bien la reduce a una oligarquía disimulada por las elecciones y tutelada por unos poderes, los magnates financieros y de prensa, que consideran que este sistema es el mejor para la defensa de sus intereses. Así se entiende, por ejemplo, que el señor Botín, pese a que quiere ser el banquero de todos los españoles, le haya dicho recientemente al Rey que Zapatero siempre acierta y que es una bendición de Dios.

Tiene gracia que algunos se rasguen las vestiduras por la llegada de Putin a Repsol, como si aquí estuviésemos tan lejos de su modelo.

La historia de la destrucción de UCD se invoca en ocasiones para justificar el repliegue de los partidos hacia la falange,  con exclusión de cualquier debate, de cualquier discrepancia, pisoteando la función encomendada por la Constitución, que no es otra que expresar el pluralismo político y concretar la participación política y la voluntad popular. La Constitución establece que el funcionamiento de los partidos deberá ser democrático, algo que ha conseguido subvertirse de modo que los elegidos designan a sus electores con los efectos que son de imaginar. En el interior de los partidos se aplican prácticas chavistas, castristas y putinianas, nada que tenga que ver con una democracia liberal mínimamente seria. Entre nosotros, Obama no habría llegado ni a concejal.

Hace unos días la prensa se ha lanzado a criticar a los diputados por estar ausentes en las votaciones, pero la verdad es que los diputados tampoco pintan nada en nuestro sistema y que, de vez en cuando, se dan cuenta, se deprimen y se quedan en casa. Vivimos en una democracia muy restringida en la que la mayoría de las instituciones carecen de valor y de vida autónoma y en la que cuatro o cinco personas toman todas las decisiones, dejándonos a los demás una cierta libertad de comentario a la que pondrán un coto más estrecho en cuanto les parezca oportuno, como ya se hace en Cataluña.

El bipartidismo que aquí tratamos de divinizar es una deformación grotesca y disfuncional  de la democracia liberal, una maquinaria infernal que nos conduce, inexorablemente, a lo peor de nosotros mismos, a esa imagen tenebrista de las dos Españas, eso sí, multiplicada ahora por los 17 califatos que padecemos, con infinita paciencia y con no poco dolor, y que son hijos de la misma obsesión antiliberal  y ordenancista a la que debemos tantas glorias en el pasado. Por ejemplo, el malestar existente en torno a Rajoy se trata de convertir en una conspiración del clan de los diez, al parecer un grupo de diputados que “se reúne, comenta cosas y habla con los periodistas”, es decir, unos traidores.

De esta manera, nuestra democracia se está quedando sin posibilidad alguna de interesar a nadie, se está convirtiendo en su caricatura, en una fantasmagoría, en esa España oficial de la que dijo Ortega, en su día, que era como un “inmenso esqueleto de un organismo evaporado, desvanecido, que queda en pie por el equilibrio material de su mole, como dicen que después de muertos continúan en pie  los elefantes”.

No soy de los que creen que esto no tiene remedio, pero creo también que, en palabras de Pericles, el precio de la libertad es el valor, que hay que ser valientes para superar el pasado, para liberarnos de la supuesta condena de un destino estéril e inalterable. Me parece que cada momento tiene sus oportunidades y sus riesgos y este de ahora es un instante especialmente grave. Nos jugamos mucho. Podemos empezar a parecernos más a lo que nos gustaría o dejarnos arrastrar por la implacable tendencia a decaer que siempre acecha a las instituciones humanas.

Como diría el almirante inglés, España tiene derecho a esperar que cada cual cumpla con su deber. No es una obligación que afecte únicamente a la oposición, pero en ella es más acuciante. El PSOE ha dado muestras suficientes de querer convertirse en un aparato al que ni le importan las ideas ni le afectan intereses distintos a los de su sustento; además, es una máquina más eficaz y está en el poder. No sé si los que en el PP juegan a esta misma dinámica saben bien lo que están haciendo, pero sí sé que a muchos de sus electores  no les interesa nada esa clase de acomodos, que preferirán permanecer libres ganándose cada día la libertad con sus acciones.