Un libro importante

Gracias a mi amigo Joaquín Abril he conocido la existencia de un libro de George Friedman, presidente de una compañía de análisis estratégico, titulado Los próximos cien años. Ahora ya lo he leído, y me gustaría hacer a mis lectores el mismo favor que Joaquín me hizo a mí. Es uno de esos libros que te cambian la manera en la que ves algunas cosas, y que te hacen pensar en realidades en las que nunca habías caído. Su primera parte es excepcionalmente interesante. Luego, la parte más profética, es algo más floja y, desde luego, harto discutible. Finalmente, su análisis de los cambios previsibles en la forma de hacer la guerra vuelve a tener gran interés.
Es curioso que incluso quienes podamos presumir de estar atentos a lo que pasa, nos dejemos fuera de consideración tantos asuntos importantes. Este libro es un sumario de algunos de los más decisivos, sobre todo para gentes que, como la mayoría de los españoles, tendamos a tener una visión ridículamente pequeña y provinciana del mundo y de nuestra historia.

Los trenes de Fort Collins

Siempre he creído que los españoles tenemos un problema con los trenes. No nos gustan, nos parecen antiguos, peligrosos y molestos. En cuanto podemos los quitamos de en medio y, si no se nos ocurre nada mejor, los enterramos para que nadie pueda verlos. ¡Lástima que no seamos norteamericanos en esto! Anteayer estaba pasando por Fort Collins, una hermosa ciudad de Colorado, cuando, en medio de la carretera estatal que une a Denver con Cheyenne, la capital de Wyoming, un paso a nivel estuvo un buen rato detenido mientras atravesaba la carretera un majestuoso mercante con seis locomotoras y cientodoce vagones. Luego se abrió el paso y los coches pudimos seguir hacia el Sur, pero el tren nos acompañó durante un buen rato en paralelo por medio de una ciudad hermosa y llena de lagos y bosquecillos. Nadie se molesta por los trenes que son infinitamente menos agresivos que las autopistas y mucho más útiles y hermosos que sus equivalentes de ruedas de caucho. Un espectáculo así sería inaudíto en España. Los españoles pondríamos el grito en el cielo y pediríamos a voz en cuello que se eliminase el trazado, que se hiciesen túneles, puentes, lo que sea, con tal de quitar al tren de en medio. Los americanos no se molestan porque los trenes se crucen con las calles de las ciudades o con determinadas carreteras. Saben muy bien que están cumpliendo un servicio y que lo hacen con eficacia y escasos costos. Pero es que, además, los trenes son privados. No quiero ni imaginar lo que diría el españolito medio, progre, como se sabe, si viera la vía pública invadida por un ferrocarril privado. Los americanos respetan el trabajo de los demás porque saben que, aunque sea privadamente, están contribuyendo al bienestar público y son muy conscientes, además, de que le deben al tren todo lo que son. América se hizo con los trenes, mientras que España ya estaba allí. La carretera llegó después que el tren y tendría que respetarlo. En España no se ven así las cosas: somos partidarios del progreso a todo trance, sin pensar bien si el dinero que nos gastamos en costosas infraestructuras de disimulo del ferrocarril no estaría mejor empleado en otras cosas. Aquí reina el coche, el individualismo y, sin embargo, en EEUU, un país mucho menos colectivista que el nuestro, se respeta perfectamente el transporte colectivo de mercancias más antiguo y eficaz, el ferrocarril

Conexión gratuita


Llevo unos días por los EEUUU, por sus entrañas vaqueras más tópicas para esos europeos, listos cultos y progresistas que tanto saben y tan bien organizarían el mundo (si el mundo les dejara) y que suelen llevar la voz cantante en España. Supongo que aquí debe haber cosas muy malas, para no hablar de las personas, pero, para empezar, con lo que me encuentro es con bastantes sorpresas agradables o muy agradables. Los precios, por ejemplo, casi de cualquier cosa y no es solo una consecuencia de la relación dolar euro; en un gran almacen, y no estaba de rebajas, he podido comprar unos estupendos nikis de algodón a 6 dólares la unidad; un amigo mío profesor en  la Universidad de Boulder, Colorado, me invita a cenar en su casa en medio de la pradera y al pie de las Rocosas: pues resulta que es como yo me imaginaba la granja de Bush y que se la ha podido comprar con lo que le pagan: aseguro que es la casa más hermosa que he visto en muchos años. Pero bueno no quería hablar de eso, sino de las conexiones a Internet. En todos los hoteles en que he estado hay un cable muy raro que te lo conectas a tu PC y la cosa funciona muy bien, solo a 100 Mbps, pero muy bien. Lo raro es que no tienes que pagar nada, ni hablar con recepción, ni comprar una tarjetita y rasparla ni ninguna de esas mamonadas que se estilan en nuestros lares.  Lo dicho, estos americanos son muy tontos. no saben ganar el dinero que se ganaTelefónica con estas cositas. No me extraña que tengan la crisis que tienen. ¡Ah!, por cierto, el hotel me cuesta 65 dólares. Encima, la gente es amable y si los miras te sonríen.  ¡Qué país tan raro!

Fronteras

De viaje por los EEUU he tenido que soportar, como todo el mundo, los tramites de seguridad en las fronteras. A mi me han parecido mas suaves que la ultima vez que anduve por estas tierras, pero se ve que todo el mundo no opina igual. Ayer almorcé con un matrimonio de españoles que acababan de llegar y que echaban pestes del sistema. Era un poco, eso me parecía a mí, lo de Juan de Mairena: un discurso contra los banquetes que, en realidad, era un discurso contra la humanidad a propósito de los banquetes. Tuve que recordar cómo se las gastan en otros lugares, pero el antiamericanismo es una ceguera selectiva muy precisa. Lo curioso del caso es que salió a relucir también otro argumento notable, a saber, la idea de que estas medidas tampoco evitan los atentados que se suponen deberían evitar. Al parecer, poner trabas para que no pasen por la frontera ni ciertas cosas ni ciertas personas no sirve para nada. Me pareció que sería inoportuno preguntar, por ejemplo, si piensan realmente que una política de apertura sin control alguno no traería mayores riesgos para ls americanos, pero ahora más en frío creo que es la pregunta que hay que hacer. Temo cuál sería su respuesta: «ellos empezaron primero», de manera que no acabo de saber si les molestaban los controles o la escasez de atentados. El café no me animó a seguir haciendo apología de los USA, qué se le va a hacer.