Una huelga incivil, estúpida

En el día de hoy la sociedad española se enfrenta a un fenómeno al que no se atreve a llamar por su nombre, a una grave insumisión completamente injustificada. La huelga general es un golpe de estado encubierto, un intento de sustituir la soberanía popular que se expresa en el Parlamento por el diktat de unos iluminados que, en realidad, solo buscan la manera de seguir gozando de sus privilegios gracias a la irresponsable condescendía de las fuerzas políticas, a la paciencia infinita de los los trabajadores cuya representación pretenden tener en exclusiva. Si existiese una ley de huelga no habría duda de que no cabría hacer huelgas contra la ley democrática, que es lo que estos personajes promueven. Dicen defender los derechos laborales de los trabajadores, pero lo que en realidad defienden es su derecho a estar por encima de la ley común, su patente de corso, el estado de excepción cuando les convenga.
Candido y Toxo han visto en peligro su mamandurria, sus cruceros y sus refrigerios, su enorme poder, y han pegado un puñetazo encima de la mesa para que todos bailemos al son que tocan. Su invitación al baile no es, desde luego, galante: recuerda a esas escenas del far west en que unos pistoleros borrachos obligan al público aterrorizado a bailar mientras los matones se mondan de risa. Todos sabemos que sin la violenta presencia de los piquetes, sin la vergonzosa cesión de sus cuates del gobierno en unos servicios mínimos a la medida de sus intereses, esta huelga nos permitiría resolver con precisión el misterio de cuántos son los liberados sindicales.
El 15 de diciembre de 1988 los sindicatos promovieron una huelga general contra las medidas económicas del gobierno de Felipe González, y el país se paralizó porque todo el mundo entendía que aquel gobierno necesitaba un correctivo que pusiese límites a su arrogancia. No es el caso de hoy con un gobierno en crisis y que se mantiene en píe únicamente por sus continuos convolutos con las fuerzas interesadas en que España se vaya a pique. El gobierno está afortunadamente monitorizado por el directorio europeo desde el día de mayo en que Obama le cantó las cuarenta a ZP, que, por primera vez en su vida, se dio cuenta de que las cosas son como son y no como a él le convenga que sean. Lo que este gobierno está haciendo, mal por supuesto, es aplicar los remedios que le dicta nuestra pertenecía a Europa y nuestra moneda, el euro. Lo que hacen los sindicatos es rebelarse directamente contra Europa y contra nuestra débil democracia que, les guste o no, aprobó la reforma laboral democráticamente, en el Parlamento.
Los sindicalistas españoles no conocen otra ley que la del embudo. La huelga de hoy está en las antípodas políticas de la huelga del 86 que sirvió para fortalecer de hecho la democracia; si, por el contrario, esta triunfase, sería el certificado de defunción de la libertad en España. Nuestro sindicalismo es uno de los mayores peligros que acechan a la libertad, a nuestra endeble democracia. Estos tipos se pasan por salva sea la parte la voluntad popular, y los derechos de quien haga falta, para conseguir lo que se proponen, que, desde luego, no tiene nada que ver con lo que dicen, monsergas viejísimas que no engañan ya a nadie, aleluyas para vivir sin hacer nada.
Colaborar con esta huelga es trabajar por el desprestigio, ya muy fuerte, de la democracia. Es hacer a lo bruto lo que ha hecho el gobierno de Zapatero con algo más de disimulo, recortar las libertades, arruinar al país, incrementar el paro, hacer el ridículo ante el universo mundo. La huelga significa un chantaje y es una imposición violenta cuando se hace desde arriba, sin que nadie la reclame, sin consultar a nadie, sin tener en cuenta el interés general. Un día de hace unos meses los líderes sindicales se dieron cuenta, algo tarde, desde luego, de que no tenían nada que hacer y su brillante mollera concibió la única salida posible, la gran putada de la huelga. Esta confesión de parte tiene su interés, revela que los líderes sindicales estaban encantados con el deterioro de la economía, con el vertiginoso aumento del paro, con el país exánime y que, cuando se dieron cuenta de que el gobierno iba a dejar de seguir sus indicaciones por fuerza mayor, advirtieron prontamente el riesgo que corrían sus sitiales.
La huelga de hoy trata de evitar que los ciudadanos caigan en la cuenta de la perversa inutilidad de estos sindicatos para gestionar los problemas reales de la economía, para evitar el paro. El público ha comprendido que los sindicatos llevan demasiado tiempo vendiendo mercancía averiada a precios abusivos, que constituyen un duopolio que impide la modernización del mercado de trabajo, la invención de una economía capaz de ofrecer oportunidades a todos y no solo a unos pocos. Los sindicatos quieren ofuscar esa conciencia para que les sigamos pagando sus momios sin rechistar: ese es el objetivo de esta huelga incivil y estúpida.
[Publicado en La Gaceta]

Sorprendente Zapatero

Si tuviese que decir lo que realmente pienso de Zapatero me vería en un aprieto. No me refiero a que pudiera cometer un delito o algo así, sino a que realmente este hombre me deja más de una vez en suspenso, turulato. El juicio que tengo de él es muy volátil, porque tan pronto me parece un estratega brillante, y un tipo especialmente taimado, como se me antoja un auténtico insensato, o lo veo como un simple y un pretencioso, como una broma del dios de los azares políticos. Su última actuación a propósito de lo que son y no son parados y del servicio que prestan al país, es como para pensar que nuestro presidente es un deficiente mental, cosa que no puedo acabar de creer, aunque no se muy bien cuáles puedan ser las razones por las que se me hace imposible creerlo. Me escama, además, que ZP reserve buena parte de sus hallazgos para comparecencias en el extranjero y entiendo que tal coincidencia no puede ser fruto de la mera casualidad. Zapatero se crece frente a las barreras idiomáticas, y no deja de sorprender en la única lengua que, aparentemente, domina.
Tendría que preguntarle a Baroja que seguramente podría dar de él una descripción definitiva e imborrable, pero don Pío, como se sabe, no tuvo la fortuna de llegar a conocerle. En su ausencia, me conformaré con verle, a ZP, claro, como un personaje de escaso peso los lunes, miércoles y viernes, y como un diablillo ignorante el resto de los días de la semana, pero les confieso que no consigo quitarme de la cabeza la sospecha de si mi juicio sobre el personaje no mostrará fehacientemente que no entiendo nada del mundo en el que vivimos.

El candidato de la derecha

Nadie pretenderá, seguramente, que Pedro Castro, alcalde de Getafe, pueda pasar a la historia por la profundidad de sus análisis políticos, por su sutileza argumental, o por sus refinadas maneras. Puestos a escogerle para algo habría que mirar, sin duda, hacia lo contrario del ingenio o la originalidad. Me parece que se trata de un verdadero héroe del tópico, de uno de los que mejor expone esa forma de ser de la izquierda que consiste en repetir catecismos inverosímiles como si el buen sentido fuese un imposible metafísico.
Este mediodía se me ha aparecido en un telediario haciendo méritos junto a Vacuna Jiménez, la candidata de ZP para derrotar a la señora Aguirre. Pese a que probablemente no vote a Vacuna Jiménez, al menos en esta ocasión, abrigo los mejores sentimientos hacia ella, y me gustaría recomendarle que no se deje arrastrar por los argumentarios del getafense, aunque supongo que ella misma se dará cuenta, quién sabe.
El caso es que Pedro Castro, sorprendido por las cámaras siempre atentas de una de las numerosas televisiones que veneran a ZP, se ha entregado a la meditación en voz alta, como el hombre sencillo y sentimental que sin duda es. Se ha visto pronto que estaba preocupado por su amigo Tomás Gómez y que ardía en deseos de librarle del mal paso en el que está a punto de caer, de hacer algo que pudiere evitar que se hunda en el fango de manera irremisible. ¿Qué ha dicho la luminaria getafina? Ha puesto al descubierto con plena claridad, y con la agudeza dialéctica típica de nuestros socialistas, que, en realidad, y sin quererlo, Tomás Gómez se estaba convirtiendo, de hecho, y nótese el énfasis, en el candidato de la derecha.
No sé si Pedro Castro será consciente de que esa advertencia es enteramente horripilante para todo el mundo, para la izquierda, por motivos obvios, pero para la derecha también. ¡Y luego los hay que se quejan de que en las campañas no se dice la verdad! ¡Qué profundidad de pensamiento de izquierdas!, ¡qué clarividencia!, ¡qué trasparencia inocente!
Supongo que Gómez se habrá quedado estupefacto al verse tan paladinamente descubierto, al haber sido expuestas sus vergüenzas tan al aire de la calle. Menos mal que en el PSOE abundan los Castro, las gentes capaces de evitar esta clase de suplantaciones tan típicas de la democracia que defienden los chupasangres liberales, tan hipócritas ellos. Es reconfortante comprobar que sigue habiendo gente que llama al orden ante la liquidación del zapaterismo que intentan, de consuno, Tomás Gómez y la derecha.
No creo que Gómez esté a tiempo de aprender la lección, pero podría leer algo sobre las depuraciones soviéticas para comenzar cuanto antes su reeducación, aunque, como dedica mucho tiempo a las pesas, no ha debido leer a Petit, aunque me temo que Castro seguramente tampoco. Si bien se piensa, esto de la política española es más sencillo de lo que parece, y por eso los fenómenos como Castro llegan tan arriba.

¿Nos gusta que nos mientan?

Una de las características que hacen interesantes, y peligrosas, a las personas es nuestra capacidad de disimulo, de mentir. Se trata de una amenaza que pende siempre sobre las relaciones humanas que, a medida que se hacen íntimas, tienden a consagrar un ambiente de confianza, de sinceridad, una atmósfera que, como todos sabemos, resulta arduo mantener. Curiosamente, lo que es válido en la vida común, no se puede aplicar inmediatamente a la política, por la sencilla razón de que el poder, por muy democrático que sea, tiende siempre a ocultarse y, con frecuencia, a mentir descaradamente. Revel decía, acaso con un punto de exageración, que la mentira es la primera de las fuerzas que rigen el mundo.
Una vieja canción infantil, ensartaba con humor unos embustes increíbles: “Por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas, tralará”. Al evocarla, pienso con frecuencia que podía verse como una poetización de la vida política en la que las mentiras se dicen con idéntico desparpajo. La mentira en política es un hecho tan cotidiano que nos obliga a preguntarnos si nos gusta que nos engañen.
Los amantes del cine recordarán el título de una excelente película de Steven Soderbergh, Sex, lies and videotapes; en ella, una memorable Andy McDowell descubría un chantaje emocional y el negocio que sus próximos hacían a costa de su engaño y, pese a estar enamorada, castigaba con el abandono a su pareja. Pues bien, lo notable es que esta conducta tan normal en la vida común no rige en la vida pública, seguramente porque es muy difícil ser independiente y comportarse de manera racional cuando se tiene interés por la política. Algo más fácil es ser indiferente y abstenerse, como lo prueba el alto número de ciudadanos que prescinden de su voto por unas u otras razones.
Este verano está siendo un vivero inagotable de mentiras de primer orden, de aquellas que casi no evitan el parecerlo. Por ejemplo, todo el proceso desencadenado en Madrid para desmontar a un tal Tomás, y no digo más, puede considerarse como un legítimo intento de presentar un rival de fuste a la presidenta Aguirre, pero se ha ofrecido como prueba de vitalidad del socialismo madrileño, como garantía de democracia interna, hasta el punto de que Trinidad Jiménez haya dicho, sin inmutarse, que Zapatero no había tenido nada que ver con todo esto, que su candidatura responde a un largo proceso de maduración y debate en el seno del partido, y nosotros sin enterarnos.
¿Es que de repente la bella Trini se ha vuelto mentirosa? En ningún caso: lleva un largo proceso de aprendizaje, como corresponde a una política que, pese a su juventud, ya ha gastado largos años al servicio de la propaganda. Basta con echar un vistazo a sus servicios en Sanidad. Vacuna Jiménez no ha tenido la más mínima duda en exagerar la importancia de la gripe A con el discutible propósito de hacer más relevante el cargo que desempeña, una cartera prácticamente virtual porque la sanidad está completamente transferida. Un político de su talla no puede conformarse con un marbete sin contenido, de manera que la gigantesca empresa de vacunación que concibió ha sido seguramente la más cara y más necia de las campañas de imagen.
Si lo pensásemos bien, deberíamos estar profundamente irritados ante tanta evidencia de que los políticos nos toman por tontos, de manera que debe haber una explicación para tanta complacencia boba con mentiras tan de bulto como las de Vacuna Jiménez. Los políticos no mentirían si no les resultase conveniente, si no supiesen que sigue existiendo un número suficiente de personas dispuestas a creerlos. Se trata, pues, de nuestra credulidad, de una candidez interesada y fingida, que funciona aunque esos creyentes sepan, y lo saben con frecuencia, que la verdad es que el rey está desnudo.
La mentira política es una manera de colocarse más allá del bien y del mal, de sustraerse a cualquier control. Son muchos los que piensan que ellos también se benefician de ese privilegio del poder absoluto, aunque solo unos pocos saquen alguna ventaja tangible del embuste. La mentira es un instrumento de discriminación, una manera de reconocer a los fieles, a los incondicionales. La tolerancia de los ciudadanos hace que los políticos tiendan a pensar que todo consiste en salir del paso, y que en política no se cumple aquello de que se atrapa antes a un mentiroso que a un cojo. Mentir, por si acaso, se convierte en norma de prudencia elemental: no vaya a ser que la gente se entere y lo pasemos mal.
Rubalcaba aumentó su bien merecida fama el día que, en plena jornada de reflexión, aseguró que merecíamos un Gobierno que no mintiese. Rubalcaba no estaba dando una lección de ética, sino que le convenía llamar mentiroso al PP para derrotarle con mayor facilidad, y no hubo más. Como Rubalcaba, los políticos mentirán mientras calculen que la mentira es rentable y que todavía les queda algún crédito para emplearla a fondo. Eso es todo.
[Publicado en El Confidencial]

El riesgo Zapatero

Los políticos en decadencia se parecen a esas divas que, pasados los cincuenta, pretenden que su palmito siga teniendo efectos devastadores. Aunque hayan perdido todos sus atractivos y virtudes suele ocurrir que, como en las comedias de enredo, sean los últimos en saberlo. José Luis Rodríguez Zapatero es el líder indiscutible de este tipo de políticos tronados, pero todavía peligrosos.
El presidente ha perdido todas y cada una de las peculiares cualidades que le hicieron ganar las elecciones en el ya lejano año 2004, pero conserva una facundia incoercible y una portentosa facilidad para la fabulación, para imaginar que el mundo vaya a seguir siendo según a él convenga.
Es posible que sus asesores no hayan sido suficientemente explícitos con él sobre el hecho de que cada vez que abre la boca empeora el panorama, pero debería darse cuenta de que su última ocurrencia sobre el recorte de los recortes en infraestructuras ha hecho subir un 9 por ciento el diferencial de los bonos españoles, un incremento que nos devuelve a la situación de la pasada crisis de mayo, que, al menos, tuvo la benéfica consecuencia, Obama mediante, de conseguir un Zapatero silente y contrito, aunque, a lo que se ve, por poco tiempo.
Ha bastado que Michelle Obama nos haya regalado una semanita marbellí para que el inquilino de la Moncloa se suelte el pelo y vuelva a hacer de las suyas con esa lengua tan rebelde a las convenciones habituales. No hay que extrañarse de la violenta reacción de los mercados financieros, porque aunque los españoles sepan cuál es exactamente el valor que hay que dar a las promesas y divagaciones de Rodríguez Zapatero, los operadores siguen creyendo que se trata del presidente del gobierno español.
Todo hace pensar que el líder socialista conserva intacto ese caudal de optimismo insensato que le ha hecho legendario, esa capacidad para imaginarse viviendo en el país de las maravillas con sus conejos parlantes y sus sombreros voladores instalados en ministerios que tradicionalmente habían requerido alguna cualidad menos extraordinaria. ¡Qué gran presidente se ha perdido el reino de Jauja! Desgraciadamente, en el mundo ordinario los delirios de grandeza de nuestro presidente no se consideran actos de mérito, sino síntomas graves de riesgo inmediato.
Una reflexión cuidadosa sobre la vida y las obras de nuestro presidente nos hace ver, sin embargo, que por detrás de esa máscara de hombre un tanto delirante, se oculta un astuto calculista al que, en más de una ocasión, le han salido los números. Sin duda piensa en recuperarse, en alguna especie de milagro, laico, por supuesto.
Su contabilidad se reduce a la electoral y esa es la clave de tanto desatino aparente. Cree que el número de crédulos es todavía suficiente como para seguir dándole al manubrio, y no se va a detener por una coma, o por una diferencia entre miles o millones, si está en juego lo esencial, el poder.
A este presidente contorsionista le ha salido un duro adversario con la contabilidad y los mercados, y, si no se contiene, pronto recibirá una nueva llamada, o algo peor, especialmente para nosotros. Pero también le crecen los enanos en el circo de su partido, porque empieza a no ser evidente que seguirle a ciegas sea sinónimo de triunfo.
A partir de ahora, habrá que interpretar todos sus actos en esta doble clave, sin perder de vista que su mera continuidad implica un alto riesgo para todos. El verano se presentía relativamente tranquilo, hasta que nuestro líder decidió suspender sus vacaciones. Aunque lo mejor para todos sería que se las tomase de manera indefinida, hay que prepararse lo peor.
[Editorial de La Gaceta 120810]

Lo que el burka oculta

Estamos tan atentos a las peripecias de la economía, que se nos escapa la importancia de cuestiones de menor apariencia, pero de gran trasfondo. Una de ellas es la que gira en torno a la discusión sobre si hay que prohibir el burka, o no. El caso del burka resulta, como veremos, una metáfora de nuestra escasa vitalidad para afrontar cuestiones decisivas. No debiéramos extrañarnos porque la política en España consiste con gran frecuencia en una especie de jibarización de los problemas, en reducirlos al tamaño que resulta adecuado para que no se lesionen, ni levemente, los intereses de los partidos.
El burka es un instrumento de ocultación, una prenda que evita la mirada, la evidencia. Pues bien, del mismo modo que el burka esconde la figura femenina, muchas opiniones que se vierten sobre el caso sirven para ocultar asuntos que asustan, de los que huimos como de la peste. Muchas de las opiniones que se vierten sobre su uso nos apartan de contemplar la complejidad y el calado del problema que nos plantea, un problema que, siendo grave en cualquier parte, es especialmente espinoso en España debido a nuestra situación geográfica y a nuestra herencia histórica.
Hay, al menos, tres puntos de vista sobre la cuestión que sirven más para confundir que para aclarar, que crean una confusión que habría que soslayar. El primero de ellos es el de la libertad de vestimenta, un principio que nadie discutiría entre nosotros; el segundo es el de la libertad de ostentar símbolos; el tercero es el de la libertad religiosa. Desde ninguno de esos puntos de vista habría nada que objetar al burka, porque los tres principios son de aplicación en un espacio en el que rija el respeto a la libertad, a eso que tan brillantemente definía Hayek al afirmar que la libertad consiste en que siempre pueda haber personas que hagan lo que no nos guste.
No nos atrevemos a reconocer con claridad los problemas que el burka nos plantea, porque nos enfrentan con argumentos distintos a cualquiera de los otros tres. El problema más obvio es el de si podemos consentir que en nuestro ámbito civil se dé marcha atrás al estatus de igualdad entre hombres y mujeres, cosa que, indefectiblemente haríamos si estuviésemos dispuestos a tolerar la exhibición pública de desigualdad y sometimiento que implica el burka. Parece evidente que no debiéramos tolerar esa discriminación, del mismo modo que no deberíamos oficializar la poligamia, consentir la ablación del clítoris, o mirar para otro lado si se castigara físicamente a una adúltera, o a un homosexual.
El segundo problema es más insidioso, porque, de manera escasamente gallarda, miramos para otro lado y tendemos a no ver lo que nos asusta. Sencilla y llanamente, el burka es un instrumento de conquista de nuestro espacio cultural, un comando moral en tierra extraña, un emblema de lo que acabaríamos siendo si no supiésemos reaccionar adecuadamente ante un riesgo mortal para el porvenir de la democracia liberal. La tolerancia con el burka significa la admisión en el seno de nuestra sociedad de comportamientos colectivos que atentan a nuestros principios culturales y políticos, y que, si llegasen a ser mayoritarios, cosa que demográficamente es perfectamente factible, acabarían, sin duda alguna, con nuestras libertades, tal como hoy día las conocemos y gozamos. La candidez y cobardía con la que damos por buena la admisión del burka profetiza nuestro sometimiento a una invasión, primero demográfica y cultural, pero que, inmediatamente se convertiría en dominación legal y política, una amenaza frente a la que debiéramos reaccionar cuando aún podemos hacerlo. La incapacidad para reconocer los problemas es uno de los síntomas principales de cualquier decadencia.
Es literalmente ridículo pretender que el problema del burka pueda abordarse a base de recetas vagas, de consideraciones inspiradas en principios delirantes. Eso es, justamente, lo que ha hecho el Gobierno ante una propuesta del Senado. Fíjense lo que ha dicho la ministra Aido, y cito literalmente: “La pregunta que nos tenemos que hacer es si también queremos condenar a las mujeres que tienen que llevarlo puesto. Yo considero que las mujeres que tienen que llevar el burka son víctimas del burka y creo que una prohibición general podría añadir más penalización, precisamente, a las víctimas del mismo”.
Son palabras que expresan una mezcla deletérea de ignorancia, sospecho que consciente, y de impotencia. Suponen un descalabro de cualquier lógica decente, y expresan con claridad la renuncia del Estado a imponer el orden legal. Son un canto a la rendición, con la esperanza de que los nuevos dueños respeten en un futuro no tan lejano los servicios del nuevo Conde Don Julián. Soy consciente de que el lector pudiera pensar que estoy exagerando, pero no más que quienes tratan de reducir este asunto a la condición de pelea de patio de vecinas, a un asunto en el que la señora Aído pueda tener algo que decir.

Del exceso en política

Los españoles somos muy dados a esa peculiar moral que consiste en negar la realidad de lo que no nos conviene que exista. Largos siglos de entrenamiento en una retórica grandilocuente, y en esa peculiar bravuconería del “te lo digo yo a ti”, nos hacen extrañamente impermeables a según qué fracasos. Que la política de ZP ha sido un completo desastre no puede negarlo ni Leire Pajín en momentos de exaltación, pero, caben pocas dudas de que, en cuanto pasen unas semanas y el presidente del gobierno se recupere del shock, asistiremos a una larga demostración de habilidades comunicacionales destinadas a convertir el humo en sólida realidad, y la sólida realidad en humo.
Los gobiernos suelen equivocarse con mucha mayor frecuencia que aciertan, y por eso, precisamente, son entes de existencia relativamente efímera. Cuando un gobierno se confunde de medio a medio en su tratamiento de una crisis, puede hacer dos tipos de cosas: la primera rectificar a fondo, y tratar de recuperar la iniciativa; la segunda, marcharse. Pues bien, es casi seguro que aquí vayamos a asistir en breve a un intento, entre lo sublime y lo ridículo, para forzar una imposible tercera vía. ZP pensará, muy probablemente, que le quedan dos años, lo que en política es como una eternidad, y que en ese tiempo será capaz de recuperar el brillo que un día sedujo a tantos. Lo malo, para el conjunto de los españoles, puede ser el coste de esa salida.
De entrada, hay que descartar por completo que ZP vaya a cambiar de ideales. ZP puede cambiar de mensaje, de estrategia o de slogan, pero el profundo pensador que se oculta tras su sonrisa no se convertirá en una barquichuela sin rumbo, zarandeada por las olas de los mercados. Sus tendencias no son coyunturales, sino de fondo, y sus políticas tendrán que ponerse al servicio de esos objetivos de largo alcance que ahora aconsejan un repliegue táctico ordenado, pero no más, que nadie se confunda. ZP no se comportará, seguramente, como quien haya aprendido algo, sino como quien ha sido desviado de su objetivo por un acontecimiento telúrico e improbable que no volverá a repetirse en generaciones. Todo su mensaje se dirigirá con fuerza a señalar que las medidas que se ha visto forzado a tomar se han establecido, precisamente, para volver cuanto antes a la situación en que sus ideas consigan una aplicación más directa e inmediata. El corolario de este análisis es que, hoy por hoy, Zapatero no piensa en tirar la toalla.
¿Podrá tener éxito una estrategia de este tipo? Desde el punto de vista del Gobierno todo lo que hay que hacer consiste en convencer a los votantes de que si no se han tomado antes una serie de medidas ha sido por tratar de evitar el mal trago a los trabajadores, a los humildes, y en subrayar que las medidas que el gobierno aplicará con temor y temblor, serían administradas con regocijo, exageración y saña por un PP, siempre dispuesto a excederse en el castigo a los que tienen poco. El PP, dotado de un proverbial sentido de la oportunidad, pudiera prestarse, por las buenas o por las malas, a este juego, de manera que ZP llegue a aparecer como el líder que ha evitado los amenazantes excesos de la derecha, de manera enteramente independiente de lo que éste haya podido votar en el Congreso. Hay factores que no dependen, sin embargo, de las intenciones de los políticos, y una cosa es lo que se pueda preferir, y otra, muy distinta, lo que, finalmente, se ha de hacer por fuerza, no por voluntad propia, sino por la de varios otros.
No se le oculta a nadie que entramos en un semestre en el que puede pasar cualquier cosa, pero hay una pregunta esencial que deberíamos hacer. ¿Es posible que un partido que ha hecho lo que ha hecho a la vista de todo el público pueda recuperar el favor de la mayoría?

Parece que deberíamos contestar que no, pero no creo que la respuesta deba ser tan categórica. En una democracia no solo cuentan las razones y los cálculos, también hay amplio espacio para los sentimientos, los deseos y las convicciones. Es obvio que el gobierno de Zapatero ha sido excesivamente beligerante en muchos puntos y que se ha olvidado, en apariencia, de la buena administración. Los excesos tienen sus partidarios y su prestigio. La moderación no goza de tantos afectos como pueda parecer, pero además hay otro factor en juego. La política, tal como ha sido presentada y practicada por Zapatero está al servicio de un conjunto de sentimientos que no se dejan reducir a la simple administración. En mi opinión, esa llamada sentimental debe ser contrarrestada por emociones distintas si es que se quiere que deje de ser eficaz políticamente. Tender a confundirse con la buena administración puede ser un error por parte del PP, incluso en el caso de que los electores le concedan ese papel de buen gestor que tan repetidamente reclama. La buena lógica siempre enseña a distinguir lo necesario de lo suficiente, y un exceso de moderación bien pudiera ser imprudente.
Publicado en El Confidencial]

Dos y dos no tienen porqué ser cuatro, si no conviene

En España gozamos de un gobierno muy mirado que quiere tener jurisdicción sobre las palabras, que quiere mandar a base de imponer un vocabulario básico del que estén ausentes términos molestos, subversivos o reaccionarios. Ya nos hemos enterado de que la ministra Aido quiere que lo mismo que existen miembros existan miembras, porque , de no ser así, no dejamos que las miembras sean como los miembros y eso hace que no haya miembras cuando es evidente que debería haberlas. El lenguaje le sirve mucho al gobierno que, como anda preocupado con el gasto público, aunque no drásticamente, no ha creado todavía un ministerio de la gramática, en el que yo me pediría una dirección general del subjuntivo, por cierto. Ante una limitación de tan mal carácter, el Gobierno ha encontrado en el Fiscal, señor Conde, un aliado poderoso y muy creativo desde el punto de vista lingüístico. Resulta que el señor Fiscal ha descubierto que la cosa económica pinta mal por culpa de unos criminales económicos, y ha sugerido que habría que hacer algo en plan penal para que esos facinerosos dejen en paz al euro, y a su Gobierno, un benemérito grupo de personajes que no hace nada, pero que no para de inventar palabras y explicaciones.

Uno de los personajes de Orwell en 1984 afirma que en el momento en que se pueda decir en voz alta que dos y dos son cuatro, comienza la libertad. Mucha gente cree que la libertad consiste en hacer lo que se quiera y no están equivocados, pero dan una explicación algo corta. El requisito para hacer lo que se quiere es no estar engañados, porque el engañado hace lo que otros quieren que haga, aunque no se dé cuenta. Y para no estar engañados hace falta que podamos decir en voz alta algunas verdades fundamentales como las de la aritmética. Pero, ¿a quién le importa la libertad? El gobierno no comparte la absurda preocupación de los liberales, gente de otra época, por la libertad. Aquí no hay ningún problema con la libertad. Libertad, ¿para qué? La libertad para Zapatero consiste en reconocer que dos y dos no son cuatro, sino lo que le convenga. El Gobierno cree que cuando se da libertad a algunos lo único que hacen es hundir la Bolsa para perjudicarle y lleva años buscando las maneras de no hablar de la crisis, de olvidarse de la absurda obsesión con los números y dejar que la imaginación corra libre, como el viento, como la poesía ecologista de ZP, y no con esa absurda idea de que haya que estar todo el día contando dinero, cuando todos sabemos que es inagotable.

A propósito del tamaño de las aceras

Una de las carencias más llamativas del tipo de educación moderna es que apenas se reflexiona sobre la importancia del tamaño. Un tigre, por ejemplo, dejaría de ser lo que es, si midiese poco más de veinte centímetros y una catedral no podría sostenerse si tuviese mil metros de altura. Ya sé que estas cosas se saben, más o menos, de manera intuitiva, pero la verdad es que a base de ignorar que existe el tamaño ideal, las cosas crecen y crecen, las gentes hablan y hablan, y así nos va. Ha habido movimientos culturales que han invitado a la desmesura y ha habido personas que han hecho de la desmesura su seña de identidad. A este tipo de gentes se las suele tener, en ocasiones, por genios, por tipos que no soportan la mediocridad, las zonas templadas. Es cierto que hay que estar muy bien dotado para soportar la calma: ya decía Pascal que la mayoría de los males del mundo vienen de que muchos son incapaces de estarse quietos en una habitación. Demos cobijo a los desmedidos, pero no los convirtamos en norma.

Los madrileños tenemos un alcalde desmesurado y con auxiliares muy deslenguados, que además padecen manías persecutorias. A Gallardón le ha dado por las aceras grandes en un afán desmedido de ayudar a los peatones. Puede haber cosas peores, pero también las aceras tienen su tamaño. Los políticos incurren con frecuencia en desmesuras: desde los que lo prometen todo hasta los que practican el dolce far niente. El colmo de la habilidad consiste en hacer ambas cosas al tiempo.

Un país anestesiado, ignorante, y escéptico

Pese a que la situación del país, de su economía, de su moral, de sus expectativas, es cada vez más sombría, no dejan de oírse tonterías, las más viejas memeces, además. Descartando la posibilidad de que quienes propagan las tonterías sean tan tontos que se las crean, lo que tal vez sea mucho descartar, hay que preguntarse por las razones de una cosecha tan abundante. Si no es razonable dar pábulo a la posibilidad de que quienes dicen cosas tales se las crean, no hay otro remedio que pensar en que creen que las creerán los que las oyen, y además que están convencidos de que es conveniente que así sea, de que es un buen negocio mentir, con tal de que se practique persistentemente. Es decir, o bien nos toman por tontos, y nos creen capaces de llegar a ser perfectamente estúpidos, o bien, lo que es más preocupante, hay un número suficientemente alto de tontos como para que esas mentiras-tontería prendan con inusitada fecundidad. Hay que reconocer que ambas posibilidades son acongojantes, y que no se excluyen.
Dicen, por ejemplo, los sindicatos que una reforma del contrato de trabajo no crearía empleo. ¿Les importaría que hiciésemos la prueba? Una parte muy bien instalada de la izquierda, a cuya cabeza está ZP, está dispuesta a demostrar con su actitud que las urgencias económicas son mera ideología, que no pasa nada, que todo se reduce a confiar ciegamente en los políticos, y a no rendirse ante la insolencia y los temores de los mercados.
Es verdad que, según la sabiduría popular, antes se pilla a un mentiroso que a un cojo, pero no conviene olvidar que se trata de un refrán muy optimista, que supone un interés inagotable en pillar al que miente. Aquí estamos muy agotados, y nadie quiere pillar al mentiroso, porque somos ya tan posmodernos que no creemos que las mentiras sean algo muy distinto a la verdad. Lo que mucha gente intenta es vivir como si el mentiroso no existiera, lo que de ser posible sería muy inteligente, aunque lo malo es que el mentiroso no se limita a mentir, sino que está dispuesto a hundirnos porque cree que, perdidos en las aguas de la miseria, muchos seguirán, más que nunca, confiando en su palabra. Lo terrible es que nos conoce muy bien, que sabe que, en esta España nuestra, muchas cosas están absolutamente muertas, y, pese a todo, el país funciona, la gente le vota, además de que cada vez es más extenso y profundo el odio al franquismo. La verdad es que nos quejamos de vicio, y tenemos un presidente que no nos merecemos.