Sally Brown y los filósofos griegos

Sally Brown es la hermana pequeña de Carlitos, el dueño de Snoopy, los protagonistas centrales de Peanuts, la genial creación del dibujante Charles M. Schulz; pues bien, en una de esas brillantes tiras cómicas aparece Sally, niña bastante rebelde frente a la escuela, haciendo una redacción en la que escribía, cito de memoria, “nosotros tenemos televisión, pero los griegos tenían filósofos”, y, a continuación, expresaba su desconcierto frente al tema que le habían propuesto diciendo que lo que no lograba entender es para qué habría que estar mirando a un filósofo. La perplejidad de este minúsculo personaje de ficción me sirve de peana para encarar la cuestión a la que dedicaré estas breves palabras, si los pensadores griegos tienen todavía algo que decirnos, pues, en efecto, la pregunta de Sally tiene perfecto sentido, dado que, por lo general, nos limitamos a mirar a los filósofos porque en nuestro mundo se hace muy difícil, casi inconcebible, hacer lo que ellos hicieron.

Una primera precaución que habría que tomar supone advertir que no puede afrontarse la naturaleza de esta dificultad para sacar provecho de los pensadores antiguos a partir de ninguna distinción entre alta cultura y cultura popular o similares, como si el desconcierto de Sally fuese mera consecuencia de que ella gaste más tiempo viendo la televisión que leyendo libros, sino que exige, a mi entender, partir de algo más radical, a saber, la profunda diferencia entre el mundo en que vivimos y el de los pensadores antiguos.

El argumento corriente para defender el interés intelectual y moral que la cultura griega pueda tener para nosotros, suele basarse, sobre todo, en dos motivos: en primer lugar, en que somos herederos de muchas de sus palabras y, se supone que, a su través, de muchas de sus ideas, de sus descubrimientos, y, en segundo término, en la suposición de que hay algo de intemporal o de eterno en buena parte de las cuestiones que ocuparon los pensadores griegos. Sobre estas dos suposiciones se puede decir, como hizo Zubiri, por ejemplo, que no se trata de interesarse por los pensamientos de los griegos porque estos sean nuestros clásicos, sino, más bien, porque, de alguna manera, “los griegos somos nosotros”. La identidad de palabras muy básicas y la intemporalidad de sus significados son razón suficiente, se supone, para interesarnos por el pensamiento y la cultura griega.

De hecho, la distancia que nos separa de una obvia identidad con esa cultura no se mide en miles de años, como sería si nos fijásemos en la pura cronología, sino de unos pocos cientos, de aquel momento en el que la cultura griega (y romana, dicho sea de paso) ocupaba una parte muy considerable de la formación de cualquier europeo culto, y no solo de los europeos, como es obvio. Todavía hasta hace muy poco, no mucho más allá de sesenta años, era corriente en las principales naciones del viejo continente y en sus heredera americanas que los estudiantes de bachillerato tuviésemos que cursar enseñanzas de latín en la primera infancia, y de griego algo después si decidíamos seguir una carrera de letras. Todo eso se ha perdido, casi por completo, y no solo por malas razones, aunque de todo haya. El punto importante está, me parece, en que hace ya bastante más de cien años se creó un mundo en el que empezaron a ocurrir muchas cosas que, como mirar la televisión, serían completamente incomprensibles para cualquier pensador griego que pudiese aparecerse entre nosotros, trasladado por cualquier máquina del tiempo. 

Hace casi un siglo que Max Scheler describía muy bien lo que ya entonces era una situación conflictiva entre las fuentes clásicas de la cultura occidental tal como se concebía en ese momento: ”Si se pregunta a un europeo culto lo que piensa al oír la palabra hombre, seguramente empezarán a rivalizar en su cabeza tres círculos de ideas totalmente inconciliables entre sí. Primero, el círculo de ideas de la tradición judeo-cristiana: Adán y Eva, la creación, el paraíso, la caída. Segundo, el círculo de ideas de la antigüedad clásica: el hombre es hombre porque posee la razón o logos, donde logos significa tanto la palabra como la facultad de apresar lo que son las cosas. El tercer círculo de ideas es el círculo de las ideas forjadas por la ciencia moderna de la naturaleza y la psicología genética, y que se han hecho tradicionales también hace mucho tiempo; según estas ideas, el hombre sería un producto final y tardío de la evolución del planeta Tierra”.

Lo que ya era un equilibrio precario entre estos tres círculos de ideas a los que se remitía Scheler ha colapsado, de forma que tanto la cultura de la antigüedad clásica como las ideas de la tradición bíblica han retrocedido frente al empuje contundente de las ideas de raigambre científica, aquellas que, por poner un ejemplo un tanto extremo, no se arredran ante la posibilidad de explicar la capacidad matemática como una consecuencia de la presión ambiental para desarrollar sistemas numéricos más complejos que los que poseen algunas lenguas que, al llegar a “tres” o “cuatro” pasan directamente a “muchos”. Aunque se pueda defender que tener presentes los tres círculos de ideas es algo intelectualmente más rico que entregarse solo a uno de ellos, lo que caracteriza a nuestro mundo, tanto en la ciencia académica, como en la vida común, es la práctica desaparición de los dos primeros círculos y la entrega casi incondicional al poder explicativo del tercero.

¿Qué ha pasado para que las referencias históricas a los dos primeros mundos de que habla Scheler se hayan como desvanecido? Para empezar, habría que tener en cuenta que el mundo de hace dos siglos se parecía en varias de sus características básicas mucho más al mundo antiguo que al nuestro. Diversas tormentas culturales han borrado casi por completo la memoria de esas formas de vida para las que lo que hoy nos parece natural sería sencillamente impensable, y en ese borrar las formas del pasado viene implícito un desdén hacia la historia, de manera que, al menos a primera vista, hoy no nos parece correcta la advertencia de Tocqueville según la cual “cuando el pasado ya no ilumina el futuro, el espíritu camina en la oscuridad”.

Pese a la radicalidad de tales cambios, o tal vez por ello, la Historia cultural ha sido, de algún modo, absorbida y superada por la Historia natural. La Historia es una disciplina problemática desde el momento en que se ocupa de realidades que ya no son, que ya no están plenamente a nuestra disposición, de una memoria perdida y de unos significados que solo pueden ser descifrados por muy pocos.  Frente a esa dificultad, la Biología cuenta con un pasado que es presente, que se puede ver y tocar, medir y manipular, es el pasado de la naturaleza, de la realidad misma que la ciencia es capaz de manejar. El tiempo de la Física y de la Biología, pasado y futuro, apenas deja espacio a la especulación, es un tiempo que se puede calcular y cuyos efectos somos nosotros mismos.

Era tradición entender que nuestra memoria y nuestra peculiar forma de hacernos humanos, heredando a nuestros antecesores, creciendo sobre sus hombros, daba lugar a que se considerase la existencia de una gran escisión entre el acontecer natural y el acontecer histórico, a la suposición de que lo humano es irrepetible, o, lo que es lo mismo, que ser humano equivale a heredar e innovar, a ser libres. Pero esa visión tiene poca capacidad de acomodo en las amplias categorías del darwinismo, pese a los esfuerzos por lograr una cierta síntesis.  El neodarwinismo, entendido como el acomodo del evolucionismo cosmológico y la biología molecular, se ha convertido en el paradigma por excelencia para entender cuanto somos y cuanto nos pasa sea por azar, sea por necesidad. En este punto llama la atención el que “la muerte del hombre” (algo que ya supo ver Orwell en 1984) se haya convertido en un tema común a muchas escuelas tanto filosóficas, como biológicas o políticas, y que no sea muy distinto lo que hay detrás de muchas propuestas extremas de formas de transhumanismo tecnológico que buscan la eternidad en la disolución de lo humano en las tecnologías más audaces, en la sumisión del cerebro vivo y pensante a la máquina que todo lo sabe. Los humanos no habremos tenido otro papel que ser, en esta perspectiva, el instrumento biológico para lograr la inmortalidad, para superar la mordedura del tiempo.

Por descontado que nadie está obligado a creer en esta clase de teorías, pero, además de que tienen numerosos apóstoles, forman un conjunto de creencias que suministran un fondo común a la idea de la vida que está detrás de las conquistas tecnológicas, y proporcionan un horizonte de verosimilitud a la era digital, en especial tal como es interpretada por los jefes y gurús de las grandes empresas que están empezando a desarrollar herramientas capaces de controlarlo todo, de sustituir cualquier azar o peligro por un panorama de certezas, la sociedad controlada de manera universal que ya se ha implantado en lugares en los que los sueños de libertad y autonomía nunca han tenido tanto predicamento como en el Occidente que, por su parte, parece obedecer a su nombre y declinar.

Los filósofos tendemos a señalar que el núcleo vivo de esa singular etapa creadora, la radical novedad que supuso respecto a un pasado, es la Filosofía misma, el saber que se busca, como lo caracterizó Aristóteles.  Antes que en Grecia ya había ciencia, como en Mesopotamia, la India, el Irán o Egipto, y, por descontado, sociedades perfectamente organizadas y capaces de crear leyes, monumentos asombrosos y multitud de saberes prácticos. Lo que no parece que hubiese es instituciones dedicadas a discutir, escuelas en las que el mandato supremo no fuese seguir al maestro o al libro sino, lo contrario en cierto modo, discrepar, poner las doctrinas bajo el dominio de la experiencia y de la lógica antes que bajo cualquier autoridad.

El mundo en que nos movemos y somos es un escenario en el que la filosofía tiene poca y mala cabida, y, en consecuencia, el pensamiento griego no tendría ningún interés general más allá del académico, y no para todos, porque abundan las filosofías que profesan una notable desestima por la historia de su disciplina, tal vez porque pretendan ser más fieles al mundo en el que vivimos que al mundo del que creíamos venir. Es evidente, en cualquier caso, que las palabras griegas han sido transformadas en unos equivalentes en nuestras lenguas que naturalmente se alejan tanto de su significado primitivo que apenas las recuerdan: ello se debe, sin duda, a que las palabras de filiación griega que seguimos usando se emplean en un mundo tan distinto que su significado original se ha perdido porque han sufrido un desgaste y unas deformaciones que son las que explican, en muy buena medida, el desconcierto de los estudiantes que se interesan por la Filosofía y que descubren que lo que pueda significar “idea”  es algo rotundamente distinto si hablamos de Platón, de Descartes o de Kant, por poner un ejemplo sencillo. Piénsese, por ejemplo, en lo que ha ocurrido con “razón” (logos),  “naturaleza” (fisis), “virtud” (areté), “técnica” (techné) o “felicidad” (eudaimonia).  Y, sin embargo, esas palabras, y otras muchas, siempre nos plantean cuestiones a nada que conservemos un mínimo de capacidad de ver la distancia que media entre ellas y aquello a que las referimos, o parecen referirse, a nada que seamos capaces de sopesarlas con nuestras impresiones y experiencias que al fin y al cabo es lo que seguimos llamando pensar.

Nosotros no podemos de ninguna manera atacar esas cuestiones ni con su originalidad ni con su radicalidad, nos lo impide esa auténtica selva de pensamientos que se han pensado en estos largos siglos, la inmensa mole de libros escritos y descubrimientos hechos, y, sobre todo, como ya queda dicho, las esencialísimas diferencias entre nuestro mundo y el de ellos. Sus ideas son como esas ruinas que avistamos tras paciente excavación debajo de nuestras abigarradas ciudades cuando se construye una nueva línea de metro o se cimienta otro rascacielos: no se puede vivir sobre ellas, no dan para entendernos ni para hacer avanzar el conocimiento, salvo para los escasos especialistas en sus ideas e instituciones. En relación con ellos somos como esos ricos herederos incapaces de comprender los problemas de los que no tienen otros recursos que sus manos.

El concepto griego fundamental es, tal vez, el de naturaleza, la forma en que llamaron o lo que surge, a lo que está ahí. A ese género natural pertenece también la polis, la sociedad en la que viven. Por supuesto que acertaron a distinguir lo que era natural de lo que era convencional, pero lo natural era lo esencial, tanto en el mundo material como en el de la ciudad. A su vez, hasta la época alejandrina al menos, no acertaron a pensar en la unidad del mundo, pues la distinción entre el mundo sublunar, el orden en el que se da la generación y la corrupción, y el mundo de los cielos (no el de sus dioses que vivían en la montaña) en el que reinaba el orden y la geometría más perfecta era por completo esencial. Tal vez por eso sea tan extraordinaria y meritoria la hazaña de Eratóstenes, capaz de medir la circunferencia de la tierra con la ayuda de un poste y el movimiento relativo del Sol.

Por contraste, nuestro mundo, sin menoscabar el concepto de naturaleza, se ha constituido en torno a una idea del tiempo que es histórico, que es una flecha que viene de un origen y se dirige hacia lo desconocido, una idea que, con toda probabilidad, deriva de la noción bíblica de creación. Al tiempo, la física galileana desbarató la distinción intuitiva y radical que Aristóteles, y en general los griegos, establecía entre el movimiento y el reposo al consagrar el principio de inercia como básico en la nueva ciencia. Luego Newton consagraría para siempre la unidad del mundo sublunar y la mecánica celeste y luego vino todo lo demás, Darwin y la tecnología que todo lo transforma.

No es menor, tampoco, la diferencia entre la ideas políticas, cosa en la que nos confundimos con frecuencia por el hecho de que sigamos utilizando buena parte de las palabras que inventaron (como “democracia” o “república”). Los griegos, más los filósofos que los dramaturgos como Sófocles, se entregaron con cierta facilidad a la presunción socrático-platónica de que el Bien es algo capaz de por sí de superar todas las contradicciones, lo que se deriva de su convicción de que existe un cierto nivel de orden natural en la ciudad que debe ser respetado. El pensamiento político moderno ha puesto de manifiesto, por el contrario, la naturaleza irreprimible de los conflictos, el carácter ilusorio que tiene todo orden ideal, y de ahí la creación del Estado moderno, una realidad creciente y abrumadora para la que no existe equivalente posible en la Grecia clásica.

A medias entre la teología moral cristiana y la filosofía moderna se ha creado una entidad metafísica que apenas tiene equivalente en el universo griego, la idea moderna de sujeto, hasta el punto de que hay quien afirma que en la literatura griega clásica ni siquiera parece ningún rasgo narrativo subjetivo, lo que parece una exageración, desde luego. Ese nuevo personaje ha dado mucho que hablar en moral, la primacía e inviolabilidad de la conciencia,  en epistemología, donde funciona como una especie de deus ex machina para resolver algunas paradojas que ya interesaron a los griegos, como la idea de que hay cualidades secundarias que son lo que son y se explican por ser subjetivas,  y, desde luego, en teoría política para convertir en central la idea de libertad.

Basten estas mínimas indicaciones para insistir en que no solo es que nuestro mundo sea física e intelectualmente muy distinto del griego clásico, sino que muchas de las ideas que puede parecer que hemos recibido de ellos son muy diferentes a las que ellos pensaban, y, sin embargo, no cabe deducir que esto pueda servir para considerar como algo inútil tratar de aprender de ellos y con ellos. En el fondo todo se reduce a una cuestión muy simple, a la forma en que articulamos la experiencia, de cada cual, con la lógica, que debiera ser de todos, dos principios regulativos de cualquier conocimiento con los que los pensadores griegos fueron muy rigurosos en particular. A veces se ha presentado, por ejemplo, una imagen ridícula de la Física de Aristóteles, como una especulación muy poco atenta a la experiencia, lo que no deja de ser una bobada. Por supuesto que la Física de Aristóteles no puede competir con la galileana, pero es que eso es algo en lo que Aristóteles mismo coincidiría, sin duda. Su Física supone una mirada a la realidad que no es necesario compartir, pero que todavía puede enseñarnos algo, es decir algo más que erudición histórica, porque es una forma de pensar, es decir de sopesar, (pensar es una forma de pesar) lo que él veía y lo que era capaz de enjuiciar, y empeñarse en ese ejercicio es siempre enriquecedor y no es distinto en nada con lo que ahora podemos hacer sea cual sea nuestro oficio. Pensar es, en este sentido, lo contrario a repetir, a hablar de oídas, y no estaría de más que cayésemos en la cuenta de que, por fuerza, cualquiera de nosotros habla mucho más de oídas que cualquier griego, y no por falta de virtud sino por necesidad.

Justo es caer en la cuenta de que somos herederos de unas formas de saber enormemente complejas y que, casi por necesidad, esas formas se nos entregan, por lo habitual, como soluciones a problemas de los que podemos olvidarnos (la ciencia se enseña por lo ordinario al margen de su propia historia), de forma tal que eso puede llegar a significar que, en realidad, no entendemos lo que creemos saber.

Nos formamos con mucha frecuencia como quien aprende a ser un buen piloto sin entender mucho de aerodinámica, de mecánica de fluidos o de física energética, al menos en la medida en que ello es posible, de forma que tantas veces nos convertimos en gente que repite una ciencia aprendida pero que, en realidad no comprende.  Cuando se le encargó a Richard Feynman que auditase la enseñanza de la Física en las universidades brasileñas de hace ya unas cuantas décadas, su dictamen resultó insultante a los gobernantes brasileños, pero encerraba una lección esencial para cualquier científico. Feynman dijo que ni uno solo de esos profesores sabía una palabra de Física, que no entendían bien la ciencia que enseñaban. No es ningún secreto que se puede hablar de lo que no se sabe sin que se den cuenta los que saben todavía menos, en especial si son tan bien pensados como para no sospechar de los malos profesores, pero es un vicio que puede ser detectado con cierta facilidad por quien sabe más, porque, al fin y a la postre, la ciencia se reduce a teorías, cálculos y fórmulas que cualquiera puede manejar sin entenderlas. Tal vez por esta experiencia tan traumática Feynman ha definido la ciencia como “el resultado del descubrimiento de que vale la pena volver a comprobar por nueva experiencia directa y no confiar necesariamente en la experiencia del pasado”, es decir que no se hace ciencia repitiendo sino poniendo en cuestión, atreviéndose a pensar, recreando una y otra vez “el espíritu científico de aventura: la aventura de lo desconocido, que debe ser reconocido como desconocido para ser explorado; la exigencia de los misterios irresolubles del universo  que siguen sin respuesta; la actitud de que todo es incierto; en resumen: la humildad del intelecto”.

Feynman, uno de los físicos menos dados a enredarse con problemas filosóficos, ha expresado con claridad, sin embargo, aquello que podremos aprender de nuestro enfrentamiento con los griegos, tomar de ellos la valiente actitud intelectual con la que presumían de que cuanto nos muestra la naturaleza podría ser comprendido, pero también la exigencia de no fiar a las respuestas recibidas de otros, por ilustres que sean, la comprensión de los problemas que se nos presentan y ante  los que es absurdo e irresponsable refugiarse en la opinión más común, porque esa actitud, por mucho que pueda parecer prudente, conduce a la parálisis y al autoritarismo y, al final, a negar que se pueda pensar. Justo esa es la audacia y, al tiempo, la humildad, que podemos aprender de los primeros pensadores griegos.

José Luis González Quirós

Este texto es un extracto de un artículo ya publicado cuya referencia es la siguiente: González Quirós, J. L. (2021). Sally Brown y los filósofos griegos: ¿tenemos todavía algo que aprender de ellos? HUMAN REVIEW. International Humanities Review / Revista Internacional De Humanidades10. https://doi.org/10.37467/gkarevhuman.v10.3079

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La supuesta anomalía española

Entre las muchas cosas que podemos aprender con Ortega, no creo que sea la mejor la tendencia a sustancializar, y, en cierto modo, a dramatizar, tratándolo como si fuese algo cuya existencia no ofrece duda, lo que se ha llamado, más o menos confusamente, el «problema de España», esa conciencia de que existe una larga serie de rasgos, inexcusables y fatales, que nos hacen muy difícil una convivencia política en unidad y libertad, algo que, se supone, hemos heredado a través  de lo que se ha descrito como una larga decadencia, que, salvando diversas discrepancias de fecha, parece haber comenzado nada menos que hacia finales del siglo XVI.  Parafraseando lo que dice el propio Ortega, a otro propósito, cabría observar que, sin duda, resulta un poco abusivo llamar decadencia a algo que va para cinco siglos.

Uno de los efectos de ese oneroso legado, es que se pueda pensar que la realidad histórica de España continúa abierta en canal, como se supone lo demostrarían los paralelismos que se suelen establecer entre los años 30 y lo que nos pasa en el presente, como si ese diagnóstico fuese el de un mal incurable, un tipo de análisis patológico inmune al paso del tiempo. No comparto ese punto de vista, que olvida diferencias tan de bulto, en demografía, en nivel cultural, en bienestar social, en desarrollo económico, en estabilidad política, en situación histórica, que no me parece se puedan tener en desconsideración de ninguna manera. 

En cualquier caso, en los más de cien años que nos separan ya del momento en que Ortega empezó a pensar en público, ha cambiado mucho el clima intelectual en el que se pueden debatir los problemas que angustiaban a los españoles después de la pérdida de Cuba y de Filipinas, y de la derrota militar frente a los Estados Unidos. Nuestros mejores historiadores, con muy escasas excepciones, han abandonado ya el cliché de la «anormalidad», y eso se ha debido en buena medida al trabajo académico de los hispanistas británicos, en especial a Raymond Carr y sus discípulos, que han dado la vuelta a esa imagen de excepcional romanticismo y rareza que sus compatriotas del XIX tanto habían contribuido a crear y que han sido tan bien estudiados por Tom Burns.  Uno de los logros de la democracia reciente, con tantos defectos como cualquier otra, es que ya no circulen con naturalidad los análisis que dan por hecha la dramática excepcionalidad del ser de España.

Los enormes cambios reales  de la sociedad española, en especial en los últimos cuarenta años, el hábito frecuente de viajar al extranjero, nuestra integración en Europa, y hasta nuestros éxitos deportivos y empresariales, han dejado que el conjunto de obsesiones que cristalizaron en los años de crisis del primer tercio del siglo XX sean ahora mismo poco más que una tenue sombra y una curiosidad erudita que interesa muy poco a una enorme mayoría de los españoles, aunque es evidente que existen todavía fuerzas políticas, y no solo ellas, que se siguen empeñando en sacar agua de esa fuente en buena medida imaginaria.

Es interesante insistir en una constatación empírica, a saber, que, si existiese en la realidad algo así como un problema de España, sería razonable pensar en que se pudiera encontrar algún paralelismo, siquiera sea tenue, en cualesquiera otras realidades similares desde el punto de vista político-histórico, vale decir en Francia, en Portugal, en Inglaterra o en los Estados Unidos, pero, parece obvio que no es el caso. Gustavo Bueno ha hecho notar este aspecto, con humorística malicia, afirmando que sería absurdo tratar de encontrar el equivalente del «¿Dios mío que es España?» de Ortega, referido, por ejemplo, al Benelux, y ya son ganas de comparar.  Lo que sí encontramos es que, en especial en momentos duros u oscuros de cualquier nación, asoma la reflexión, también la crítica, pero, en general, con un tono positivo, tratando de salvar los muebles y la honra, y poniendo empeño en ello. El ejemplo más cercano tal vez sea el Francia y De Gaulle, cuando el fundador de la V República habló de “una cierta idea de Francia” en un momento en el que Francia no acababa de pasar por uno de sus instantes más gloriosos para decir que “la France ne peut être la France sans grandeur.»  Este tono afectivo y piadoso no está ausente casi nunca en las obras de los naturales de otras partes del mundo cuando se trata de abordar las críticas, por agudas que se necesiten, a su propio país, y es normal que eso suceda con mayor intensidad en aquellos momentos en que se atraviesan coyunturas difíciles o en aquellas naciones que se ven sometidas a un intenso cuestionamiento por su papel en el tablero internacional.  No se trata de negar nuestra específica singularidad, pero no hay que dar por hecho que esa supuesta cualidad sea tan especial, pues es seguro que los holandeses, los letones y los coreanos, por poner cualquier ejemplo, también se sienten tan singulares como cualquiera.

Quienes insistan en el uso y abuso de expresiones como «idea de España» o «problema de España» están haciendo un uso performativodel lenguaje, esto es, sus afirmaciones acaban creando, o fortaleciendo, en cualquier caso, el sujeto al que pretenden referirse, sin que se alcance a ver qué es lo que resuelven, o qué es lo que no podríamos explicar sin recurrir a ellas. Parece oportuno hacer notar que el colmo del desatinado equívoco se alcanza cuando se considera que la existencia de hispanistas a lo largo y ancho del mundo constituye una prueba irrefutable de la notabilísima singularidad de nuestra historia, sin reparar que la endeblez, cuando no la práctica inexistencia, de la contrapartida española de especialistas en la historia de Francia, de Suecia o de Italia no prueba nuestra excepcionalidad, sino que muestra de manera muy palpable las debilidades y carencias de nuestras instituciones universitarias, y, de paso, el escaso papel que ahora mismo representamos en el mundo.

De todas maneras, la tendencia a dramatizar las cuestiones relativas a nuestra condición nacional ha tenido bastante éxito y así se explica, por ejemplo, que muchos recurran a una expresión muy orteguiana para explicar lo que consideran nuestros desconciertos y aporías, pero ignoran que cuando Ortega escribió eso de que “lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa”, no estaba hablando de España, ni de lejos. La frase aparece en su «En torno a Galileo» y Ortega se estaba refiriendo a un problema mucho más general, hablando de lo que llama «el tránsito del cristianismo al racionalismo», no a ningún «problema de España» ni a ninguna singularidad nuestra. Son algunos lectores los que se han aprovechado de la frase y la han aplicado a nuestras cansinas cuitas nacionales.

El uso político de esta categoría histórica tan poco sutil está, por desgracia, demasiado claro. Son los separatistas catalanes, ahora mismo, quienes más se refocilan en ideas de ese género, pues los más aventados han llegado a sugerir, contra cualquier evidencia, que los españoles (y no los catalanes) tenemos alguna clase de deformación genética o morfológica, lo que explicaría nuestra anormalidad política y sustentaría su proclamado derecho a decidir, como si eso fuese algo tan lógico como permitir que un médico cuerdo tomase decisiones sin atender a las peticiones de una asamblea de anormales.

Lo grave de esta clase de errores categoriales es que pueden conducir a que se comentan otro tipo de disparates más concretos y dolorosos. Tal ocurre, por ejemplo, con la actitud de las actuales autoridades catalanas respecto a la enseñanza del español a los niños, algo que quieren tratar como un problema de política educativa cuando lo que está en cuestión es si se presta o no el debido respeto a derechos cívicos elementales como el de hablar su lengua materna y poder ser educado en ella. No tiene la menor justificación impedir que un niño de cinco años, y, como mínimo, decenas de casos más muy similares, se vea privado por los poderes públicos de ser escolarizado en su lengua materna, al menos en la forma en que lo establecen las leyes. A lo que se ve, la Generalidad considera que el español es una lengua que puede contaminar la inmarcesible pureza y dignidad de la cultura catalana, pero no parece dispuesto a que sean los únicos catalanes existentes los que decidan esto por sí mismos, y es ahí donde una medida que se supone educativa se convierte en algo mucho más grave, en una falta de respeto a la libertad más básica que quepa concebir, la posibilidad de hablar y educarse en la lengua materna, al menos en la forma en el que lo regulen las leyes vigentes en una sociedad bilingüe digan lo que digan estos maestros Ciruela, aquellos que sin saber leer pusieron escuela.

Cuando los “lazis” catalanes se manifiestan al grito de “Lluitem per la nostra llengua” (copio de una pancarta) están siendo víctimas de una ilusión histórica, aquella que ha servido para convencerlos de una supuesta anomalía española, al tiempo que los induce a soñar con algunas inexistentes y cómicas hazañas catalanas, y los hace ignorar que están protagonizando un episodio de indignidad cívica y de totalitarismo del que tardarán décadas en librarse en medio de una implacable decadencia de su libertad política y su prosperidad económica.

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En este texto se utilizan párrafos e ideas presentes en mi capítulo sobre Ortega y Gasset del libro colectivo editado por José Luis Caballero Bono y titulado “Visión de España en los pensadores españoles de los años treinta”, Ed. Universidad de Salamanca, 2017.

La incompetencia política

Aunque parece estar bastante de moda pontificar sobre el declive de las democracias frente a, por ejemplo, el modelo chino, o ante a la sempiterna cantinela de los antisistema, cualquiera que piense, a la manera de Churchill, que la democracia es el peor sistema de gobierno excluidos todos los demás, debería preguntarse por las causas de que nuestras democracias tengan tantos fallos, aunque eso pudiera servir, al menos en apariencia, para suministrar munición a sus pertinaces rivales autoritarios. Debe quedar claro que esa manera crepuscular de considerar a las democracias dista de ser reciente: entre los centenares de libros no demasiado interesantes que atesoro figura Le Suicide des démocraties, de Claude Julien, director a la sazón de Le Monde, la remonda, de 1972, nada menos.  La edad de ciertas modas pasa ya de la cincuentena.

Para hablar de la incompetencia política sin participar en ningún funeral hipócrita convendría partir de dos premisas, la primera es que si la gente quiere progresar y no hay progresos reales es que algo va mal y la segunda es que, si los gobiernos lo hacen mal, o muy mal, y las alternativas no acaban de gozar de apoyo mayoritario… algo falla.  Estas dos premisas sirven para sostener con claridad que no conviene confundir los defectos de las políticas, la incompetencia política, con supuestas carencias básicas de las democracias liberales. Como ha dicho alguna vez Fernando Savater no es conveniente juzgar al fútbol a partir de las patadas.

Es imposible reducir el análisis de las incapacidades políticas a unos cuantos párrafos, de forma que aquí solo se sugieren algunos criterios para calibrar la calidad de las políticas. Es probable que el defecto principal de cualesquiera políticas resida en la capacidad de subversión que conservan los instrumentos con que se ejecutan, en especial, los partidos, las instituciones y la legislación. Como las democracias suponen un potente sistema de legitimación de los poderes que configuran, el principal riesgo aparece cuando estos dejan de estar sometidos a control y se convierten en formas de dominación casi despótica.

La ausencia de control es posible por una doble razón, en primer lugar por el exceso de confianza de los ciudadanos y su escasa capacidad de articular instituciones civiles que puedan ejercer un contrapeso a las tendencias oligárquicas de los líderes políticos y, al tiempo, porque quienes son designados para realizar las funciones de gobierno y/o de control, los representantes políticos, tienden por encima de todo a conservar el estatus que han adquirido y se olvidan con inaudita rapidez de su condición de servidores públicos. Figuras constitucionales como, por ejemplo, la capacidad de adelantar elecciones o la moción de censura pueden perder su legitimidad cuando se emplean por mero interés partidista y se pierde de vista cualquier valor relacionado con el interés general, tal como acaba de señalar Francesc de Carreras. El llamado patriotismo de partido constituye, tal vez, el ejemplo más acabado de esta clase de vicios.

Otro factor decisivo que determina la incapacidad política es dejar de ver el conjunto de las políticas como un instrumento de convivencia para convertirlas en formas camufladas de conflagración, de una guerra de todos contra todos.  Cuando la ideología de cada cual se convierte en un dogma que hay que defender no se tarda mucho en procurar la aniquilación del adversario y se olvida que la política es una superación de la guerra, es decir, no puede ser una batalla sin cuartel apenas disimulada en virtud del qué dirán. La oposición que solo atiende a crecer en agresividad está dando muestras de su incapacidad para seducir, de que sabe que solo puede llegar a donde quiere a base de poner a los electores entre la espada y la pared, de amenazarles con que si no van al frente serán fusilados (a esto se le llama en ocasiones voto útil).

La base de este proceso degenerativo está en que los poderes legítimos puedan ejercerse sin un sistema efectivo de rendición de cuentas. En los sistemas de bienestar esta rendición de cuentas ha desaparecido casi por completo y se ha pretendido sustituir por un incremento continuado de la capacidad de gasto público, en la confianza de que muchos electores verán en ese crecimiento una recompensa suficiente a su voto: algo tan absurdo como si los accionistas de una empresa se olvidasen del dividendo o del valor de las acciones y se conformaran con la caja de bombones que se reparten en las juntas generales de accionistas, o con recibir una felicitación personalizada por Navidad.

Cuando se alcanza ese estado de boba confianza del elector, cuyo criterio se ha visto secuestrado por el virus ideológico/partidista, los políticos profesionales pueden empezar a prestar atención preferente a dos asuntos de gran importancia para ellos y de nulo interés para los demás: su posición personal en la pirámide del poder y el provecho económico, suyo y de sus amigos, que pueden sacar del caso. En situaciones de crisis, que hoy son lo habitual, es fácil llegar al extremo de que los poderosos no tengan el menor empacho en hacer lo contrario de lo que prometieron, pues muy pocos y muy raros van a ser quienes alcancen a reprochárselo. Esta es la forma en que la virtud de la política se transmuta en el vicio del camelo.

La consecuencia más grave de este estado de cosas es que los políticos dejan de aprender y las políticas no pueden mejorar. No se aprende de las crisis verdaderas, como la reciente pandemia, que se vuelven a presentar y dan lugar a idénticos errores, y se pierde cualquier capacidad de pensar y realizar proyectos y reformas razonables. En su ausencia, se asiste a una verdadera eclosión de relatos y de eslóganes, pasto para crédulos que, no muy a la larga, se traduce en flatulencias populistas. Los programas se convierten en mentiras sin el menor cálculo y se sugiere que los males de la patria no tienen remedio, de forma que conviene disimular y mirar para otro lado, a las batallas culturales, por ejemplo, escuelas de arribistas, cátedras de necios y demagogos de la peor laya.

El grado superior de incompetencia se produce cuando en los partidos se consagra como único sistema de ascenso el curriculum de militancia, desde la más tierna edad a la cumbre. Quienes proceden de sistemas que favorecen semejante disparate tienden a confundir por completo el instrumento con el problema, su partido con la realidad y así se preocupan, ante todo, de asentar su poder orgánico, descuidando casi por entero cualquier relación con la realidad social que no pase por el tamiz de las decenas de pajes que, a su vez, aspiran a vivir de los réditos de la cercanía y de las esperanzas de sustitución. El clima interno que así se crea es propicio a la intriga, el enredo y la traición, a los odios africanos que, desde fuera, la multitud ingenua es incapaz de comprender, nada que tenga que ver con el mundo ordinario que la política debiera preocuparse de analizar, transformar y perfeccionar.

A la suma de la incompetencia se llega, pues, actuando con cautela y astucia, trepando por la cucaña sin mirar al exterior porque puede producir mareo. Esta clase de lacras puede llegar a corroer el sistema, pero lleva tiempo hacerlo y siempre cabe confiar en que, en medio de semejantes ejercicios de petulancia incompetente, algún ramalazo de realismo desbarate el retablo de maravillas, pero tampoco es fácil, no nos confundamos.

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Frankenstein, propuesta electoral

Aunque fue anteayer, parece como si hubiese pasado un siglo desde el momento en el que el difunto Rubalcaba, que no era ninguna hermanita de la caridad destinada a consolar al PP, calificase como gobierno Frankenstein lo que Pedro Sánchez parecía tener en la cabeza, y todavía están más cerca de nosotros, los afeites que Sánchez ha ido haciendo con el peculiar pacto de gobierno que, a su modo de ver, le lleva de acierto en acierto hasta la apoteosis final.

Cuando se vio que lo de Frankenstein era inevitable, algunos/bastantes/muchos pudieron pensar que al pobre Sánchez no le cabía otra alternativa y que tal vez hiciera bien tratando de convencer a Torra (¿recuerdan?) mediante un paseo romántico por los jardines de palacio, y sometiendo al bronco Iglesias a una cura de realpolitik de la que, por lo pronto, ha salido sin melena. El supuesto de esta aquiescencia con la pirueta sanchista estaba en suponer que el PSOE pudiera recomponer la figura y acercarse a una nueva mayoría a la vista de los méritos contraídos al normalizar la situación con Cataluña y convertir a los demagogos desorejados que le quitaban el sueño en una pieza presentable de la izquierda del sistema.

¿Qué se hizo de todo aquello?  Sánchez ha dicho en su alocución navideña que se ha cumplido el 47,5% del programa, con lo que ha demostrado tanta capacidad para sacar números de la chistera al menos como la que exhibió en su momento para escribir su archifamosa e ignota tesis doctoral. Se ve que al quedarse sin Redondo no ha perdido capacidades de contabilidad imaginativa y que sigue sabiendo complementarlas muy bien con las dosis de propaganda que siempre nos suministra sin el menor rubor. Puede decir que hemos salido de la crisis con la misma pachorra que afirmó, hace ya año y medio, que había vencido al virus, aunque los datos que aportan los organismos internacionales nos coloquen a la cola del resto de países de nuestro entorno en la recuperación económica, ¡hay que ver qué manía nos tienen!

Lo más interesante desde el punto de vista político es que Sánchez parece caminar decidido por la senda de la normalización de lo que le parecía un  monstruo a Rubalcaba, que ha asumido sin despeinarse que para que el PSOE pueda repetir investidura tras las elecciones la única fórmula a la vista es la que ahora mismo le sostiene, una coalición, digamos, informal entre todos los que buscan la subversión del pacto constitucional, los que no cejan en lograr la ruptura de España atentando contra la unidad nacional, y un PSOE que, al aglutinarlos, les continúa dando gasolina para que puedan proseguir con toda tranquilidad en su persistente labor destructiva.

Al escoger esta vía, la única que le garantizó el acceso a la presidencia, Sánchez se ha condenado a un enfrentamiento político permanente, es decir ha optado por una polarización que rompe de manera clara con la tradición postconstitucional, en la que las numerosas grescas no habían hecho olvidar la necesidad de acuerdos muy de fondo y, entre otros, el de la misma alternancia política. No deja de ser curioso que el gobierno más endeble desde 1977 sea el que ha proclamado una nueva era capaz de sepultar lo que les parece discutibles logros de la transición y en la que la derecha no podría volver a gobernar en décadas.

El caso es que la habilidad de Sánchez, y la perruna fidelidad de sus terminales y apologetas, ha permitido que se pueda acusar a la derecha de impedir el normal funcionamiento de las instituciones, por ejemplo, la renovación del poder judicial, cuando lo que ocurre es que todo se hace para sacar a la derecha del campo de juego y esta se resiste como puede. No cabe olvidar que el sistema político de la Constitución se diseñó de forma que fuese virtualmente imposible realizar reformas de fondo sin un alto nivel de acuerdo político, y eso se hizo, sin duda, para evitar los extremismos tan abundantes en nuestro pasado histórico. Esa precaución fundacional trae como consecuencia que, como ha escrito Ignacio Varela, la polarización equivalga a paralización.

La suspensión efectiva del reformismo esencial a la vida política, véase la cacareada reforma laboral o el vacile con que se está respondiendo a la UE en cuestiones clave como el control del gasto público y la corrección del inviable sistema de pensiones, implica que, pese a la enorme inversión en propaganda, el PSOE no tenga, hoy por hoy, un panorama político despejado, de forma que no va a poder renunciar a la peculiarísima fórmula en que se apoya si Pedro Sánchez quiere volver a formar gobierno.

Muchos electores se pueden sentir descontentos con los inexistentes resultados prácticos de un gobierno tan original, tanto los que pudieron creer que nos adentraríamos en una era de enorme progreso moral, como los que miden las cosas con criterios más pedestres. De entre estos últimos, los electores del centro derecha tienen muchos motivos para sentirse defraudados, porque visto el deterioro que advierten en la situación política y el desprestigio creciente de un  presidente tan mentiroso y oportunista como Pedro Sánchez, resulta difícil comprender que el PP no esté ya en encuestas muy por encima de su tradicional rival.

Este panorama tan desconsolador para el centro derecha se convierte en un alivio inmediato de las dificultades de Sánchez que cuenta, además, con la ventaja de que es el único capaz de fijar cuándo será el momento electoral decisivo, que para eso es el presidente del gobierno, como no se cansa de repetir, y convocará las elecciones cuando le convenga.

A mitad de legislatura, puede que parezca lejano el momento, pero hay que empezar a contar con que habrá que decidir no ya entre el PSOE y el PP, como en las ocasiones anteriores, sino entre prorrogar este gobierno tan ineficaz como agónico o buscar otras fórmulas con mejores expectativas. No es difícil vaticinar que los electores tendrán que tener en cuenta que van a tomar una decisión difícil y que será necesario que los partidos expliquen bien cuáles, y por qué orden, son sus planes: no parece que pueda volver a ser admisible afirmar que no se hará un gobierno que prive del sueño a su presidente, o que se vaya a gobernar en solitario como si aquí no hubiese pasado nada de lo que ha venido ocurriendo en estos convulsos años.

Frankenstein ha pasado de ser una rechazable pesadilla a ser un plan electoral bastante definido, y no es fácil que vuelva a obtener por las claras una mayoría que se alcanzó en condiciones tan peculiares y con expectativas tan inciertas.  Que se acierte a sacar ventaja de esta situación debiera ser tarea simple, pero son los líderes quienes tienen la palabra.

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Alegato moderado contra las exageraciones

Según se cuenta, Mark Twain envió un telegrama al periódico que había informado de su muerte para decirle que esa noticia constituía una exageración. Hoy, una pifia similar sería considerada como una grave ofensa y se ganaría una catarata de torvas insinuaciones sobre la intención del informante y acabaría convertido en una injustificable agresión, en una ofensa imperdonable. Vivimos en una época en que las sobreactuaciones, los esdrújulos y toda suerte de exageraciones dominan el panorama, en lo que es, sin duda, el paraíso soñado por los ofendidos y el ideal de los catastrofistas y de profetas cenizos.

Sin exageración, no hay de qué hablar porque es muy difícil asomar la cabeza entre miles de millones, así que se impone el grito, la moral de guerra imprescindible para cualquier victoria y la conversión de la esfera púbica en una suerte de apocalipsis porque no se concibe que haya revelación sin enorme ruido. Cualquier nimiedad arrasa en las redes o las incendia, convulsiona el universo mundo. Todo acontecimiento se dice histórico, y todo proceso que se precie ha de crecer de manera exponencial, signifique eso lo que signifique, aunque quienes lo digan no sepan lo que dicen porque suelen andar algo ayunos de cualquier cálculo.

Si de lo que se habla es en verdad importante, que no siempre es el caso, enseguida se agotan los calificativos, como ha ocurrido con el asunto del clima en el que hemos pasado, en horas veinticuatro, del mero cambio climático a crisis climática y, a renglón seguido, a una emergencia climática, que no hace presagiar nada nuevo, así que abróchense los cinturones. Cualquier actor que fallece se convierte en una leyenda del cine, y todo escritor que fenezca será presentado de inmediato como un testigo excepcional de su época, absténganse los testigos normales que pretendan describir algo sin hipérboles.

La Covid que venimos padeciendo por meses ha sido pasto propicio para la proliferación de toda clase de excesos verbales en parte por la incapacidad tan común de manejar números con cierta solvencia. Los adjetivos comunes se han considerado enseguida ineptos para describir una situación que todo el mundo se ha sentido autorizado para exagerar, como si no pudiésemos darnos cuenta de la magnitud del daño sin recurrir a enormidades estadísticas y a alarmismos de toda índole. Los profetas tempranos nos aseguraron con toda seriedad que el mundo ya no volvería a ser lo que era (como si alguna vez lo fuese) y que cualquier medida extrema resultaría inexcusable, una ocasión pintiparada para denunciar a grito pelado a toda esa retahíla habitual de enemigos de la humanidad, empezando con aquello tan hermoso de que la libertad no podía confundirse con el libertinaje y asegurando que no podía haber libertad para contagiar, pero, sí, al parecer, para decir toda clase de melonadas.

Las exageraciones de toda laya tienen la ventaja de darle emoción a la vida, permiten vivir en una batalla perpetua contra el mal, en ese estado ideal que muchos llaman guerra cultural, tal vez porque no han oído nunca hablar de lo que los retóricos llaman oxímoron. La ciencia misma no se libra de las exageraciones más procaces de forma que abundan los que aseguran que pronto seremos inmortales o los que están ciertos de que en pocos años harán maravillas con nuestros cerebros de forma tal que se acabaría con los tontos (es de suponer) y, ya puestos, con los molestos escépticos que no acaban de creer vaya a ser verdad tanta belleza.

Siempre que he coincidido con alguno de estos sabelotodo les he hecho una consideración de este estilo: pero vamos a ver, si no siempre se acierta a arreglar con solvencia una simple rodilla (estoy operado de ambas) que es como el mecanismo de un chupete en comparación con el cerebro, ¿cómo se va a intervenir con tan extrema pericia en nuestras cabezas? También les pregunto otras dos cosas: ¿cómo es que no sabemos imitar algo tan básico como la función clorofílica? y, para terminar, ¿cómo no sabemos arreglar un corazón cuando se estropea? Suelo llegar a la conclusión de que hay mucho fanfarrón suelto. Con científicos como estos perorando por las redes no deja de ser explicable que algunos aseguren que Bill Gates (o Soros, que también es de esa banda) ha metido unas moleculillas en las vacunas para controlarnos al milímetro.

Las exageraciones han pasado a formar parte fundamental de un gran número de discursos políticos, los que permiten a Trump afirmar que le han robado las elecciones, o los que autorizan a un ministro del gobierno español a decir que las carnes ibéricas de exportación constituyen un peligro para la salud, es decir un peligro mucho mayor que el de comer cualquier carne, que ya nos ha advertido este chico del riesgo que corremos con esas proteínas tan sospechosas para la ciencia.  Esta joya de la política científica se apellida Garzón y es obvio que hace unos extraordinarios esfuerzos para que notemos que existe, pero me temo que no consigue que dejemos de pensar que es un poco memo.

En fin, que si hacemos caso a lo que se nos dice vivimos en un mundo en el que abundan los prodigios y en el que, para que no se diga, los políticos consultan de continuo a los electores: por ejemplo, si unos escasos miles de ciudadanos de una urbe millonaria contestan a unas preguntas de respuesta pagada sobre cualquier ocurrencia municipal se nos hace saber que las resoluciones que se adopten han estado sometidas a consulta ciudadana, nada menos.

En un memorable pasaje del Quijote se recoge el siguiente diálogo entre el caballero de la triste figura y su orondo escudero: “¿Qué te parece desto, Sancho? ‑dijo Don Quijote‑ ¿Hay encantos que valgan contra la verdadera valentía? Bien podrán los encantadores quitarme la ventura; pero el esfuerzo y el ánimo será imposible”, pues algo parecido podríamos pensar sobre el posible remedio contra los confusionarios encantos de la exageración. La única forma de evitar que nos lleven a donde no quisiéramos ir es tratar de pensar por cuenta propia, aplicar la lógica, hacer algunos números y no prestar la menor atención a los que sepamos que mienten por principio o solo hablan en virtud de su interés. Es un trabajo, sin duda. El mundo nos parecerá menos emocionante que si tanto prodigio, crecimiento exponencial y suceso histórico fuesen algo cierto, pero, a cambio, podremos tratar de vivir a nuestro arbitrio y nos libraremos de numerosas pesadillas que el mero paso del tiempo suele dejar muy en ridículo.

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La sociedad anumérica

La sociedad anumérica

Hace años circuló con cierto éxito un libro del matemático John Allen Paulos (Innumeracy: Mathematical Illiteracy and its Consequences) que analizaba las dificultades crecientes del público americano para entender conceptos matemáticos muy simples y que, sin embargo, son imprescindibles para entender el mundo contemporáneo. Fue publicado en español como El hombre anumérico por el malogrado Jorge Wagensberg en la estupenda colección Metatemas de la editorial Tusquets.

La pandemia que hemos venido padeciendo ha sido un verdadero festival anumérico, y no por escasez de cifras sino por todo lo contrario, por la manifiesta incapacidad de tantos opinadores y supuestos expertos para poner los números que circulaban en un contexto en el que fuese posible entender de modo correcto su significado.

Cuando explicaba Lógica solía empezar mis clases poniendo en la pizarra un titular de periódico que decía “El 25% de los divorcios se producen en verano” para ver cuánto tardaban los alumnos en caer en la cuenta de que cualquier otra cifra sobre esa clase de sucesos hubiese tenido mayor interés, puesto que tal proporción es la que correspondería a cualquiera de las cuatro estaciones del año si, en contra de lo que pretendía indicar el titular, los divorcios se produjesen por igual en cualquiera de ellas.

Más allá de que una deficiente educación matemática en las fases tempranas de la educación sea responsable del anumerismo hay que reparar en que el fondo del asunto reside en la resistencia a hacerse preguntas que mucha gente experimenta frente a cuestiones complejas, en especial, cuando se presentan a la opinión bien trufadas de ideología y propaganda.

Veamos algunos casos significativos. Es muy frecuente dar por hecho que la fuente de los datos es irrelevante, lo que, como mínimo, indica una propensión a la bobería digna de preocupación. Con este imperdonable descuido circulan algunos tópicos notables, por ejemplo, nuestro sistema sanitario es el mejor del mundo, los espías españoles son los más eficientes del planeta, o el Dr. H. es el mejor cardiólogo de España y el Hospital P. no tiene rival en cirugía digestiva.

Como es obvio, este tipo gratuito de credibilidad no se aplica solo a los temas sanitarios, pues expresa muy bien la fanfarronería cazurra del que cree a pies juntillas que no hay tortilla como la del chiringuito H, que su aldea es la más hermosa del universo, o que su equipo predilecto es el más castigado por la malevolencia arbitral.

Este tipo de tópicos tienen con frecuencia consecuencias extrañas: si se piensa que el sistema sanitario es la repera y no funciona bien el centro médico más cercano se tenderá a culpar a los profesionales del mismo, sin pararse a pensar que tal vez no sean ciertas tales apreciaciones sobre la salud pública. Ahora sabemos que el malhadado virus circulaba en España desde unos meses antes de que nadie cayese en la cuenta de su presencia, pero es bastante raro que alguien se haga preguntas sobre la calidad del sistema de prevención de epidemias al que se dedican no pequeños recursos.

Es notable, por ejemplo, que no se haya podido dar cuenta del número de fallecidos los fines de semana, o que las cifras que se han proporcionado sobre el particular muestren divergencias tan notables según las fuentes y los lugares, pero lo único que suele oírse en la opinión sobre este tipo de fallos es que “hacen falta más recursos” (¿más gente en la prevención, más funcionarios dedicados a cuadrar las cifras, más qué?), cuando la pregunta elemental sería si estamos empleando bien los recursos de que disponemos… pero para eso hay que molestarse  en hacer algunas cuentas.

La ausencia de cribas exigentes con los datos de la pandemia ha creado una sensación de catástrofe permanente porque todos los incrementos de las malas noticias eran exponenciales, la mayoría de los porcentajes se daban sin precisar la base de partida, y la casi totalidad de los infinitos expertos de las cinco partes del mundo que han asomado su jeta a periódicos y televisiones han dado datos muy fuera de contexto o han preferido dedicarse a propagar sus opiniones, tanto más apreciables cuanto más terroríficas, porque, al parecer, la función de los medios no quedaba bien cumplida si se limitaban a informar sin acongojar.

En la irresponsabilidad frente a lo que significan los números, lo que sucede con nuestra actitud ante la imparable deuda pública no tiene parangón y eso explica que todavía se le siga pidiendo a los gobiernos mayores generosidades en el gasto, como si eso fuera ajeno por completo al porvenir de nuestros bolsillos.

En un plano colectivo somos por completo anuméricos, seguimos creyendo en los milagros del gasto público que tiende a verse bajo la imagen idílica del bandido generoso que roba a los ricos para asistir a los pobres, muy a pesar de que todos los datos disponibles impliquen que sucede algo más parecido a lo contrario.

Es magia potagia, y gusta al público que cree en ese prodigio tan bien alabado por los que más se benefician de la general ignorancia sobre tales tejemanejes. Así pues, estamos como aquellos complacientes súbditos de Fernando VII que le lisonjeaban diciendo lo lejos que ellos se hallaban de la funesta manía de pensar

La capacidad de los españoles para creer a sus autoridades no deja de llamar la atención. En los países del este de Europa las vacunaciones han sido muy escasas y parece que eso se debe a que se han acostumbrado durante décadas a no creer en sus gobiernos, a pensar que les mienten. No tengo la menor duda de la conveniencia de la vacunación (me han puesto la tercera y ni he rechistado), pero no dejo de preguntarme cómo es que la resistencia a las vacunas ha sido, por fortuna, tan débil en España.

Es curioso que habiendo pasado por un largo régimen autoritario no tengamos frente a los poderes políticos resistencias similares a las que se han producido en las antiguas dictaduras comunistas. Tal vez ocurra algo parecido a lo que explica esa frase que se atribuye a Chesterton (“cuando se deja de creer en Dios es fácil acabar creyendo cualquier cosa”), esto es,  que hayamos dejado de creer en la Iglesia para creer en el socialismo, tal vez porque ni para una cosa ni para la otra haya que poner mucha atención en los cálculos.

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La Corte de los Milagros

¿Hay alternativa a la corte de los milagros?

Una simple enumeración de los surrealistas fenómenos que nos vienen sucediendo a los atribulados españoles nos lleva a recordar la situación de la España isabelina que retrató Valle Inclán, esa esperpéntica cadena de conspiraciones, revueltas y milagrerías que no parecía servir a otra cosa que al entretenimiento de la variopinta camarilla que gobernaba un país atribulado y sin remedio.

Desde la república de los 17 segundos hasta el peculiar exilio de don Juan Carlos, desde el gobierno Frankenstein al enredo inaudito de la ¿aprobación? de la reforma laboral, no hay día en que no nos podamos llevar a la boca algún suceso atrabiliario trufado con las horrísonas razones que hunos y otros nos despachan para cargar en la cuenta del enemigo los costes que, de manera indefectible, acabamos pagando todos.

La corte isabelina era un mundo cerrado y asfixiante como empieza a serlo de manera sistemática el extraño mundillo político que parece vivir en un universo aparte del común de los mortales. Puede que la pesada pandemia que hemos padecido nos haya obligado a apartar la vista del espeso e incomprensible mundo en el que se desenvuelve la España oficial, pero parece razonable suponer que una vez que haya pasado la gran alarma el ánimo ciudadano pueda entrar en un estado de hastío y cabreo que no hará presagiar nada bueno.

¿Cómo es que estamos tan lejos de cualquier escenario razonable de convivencia, cooperación y progreso? Muchos sugerirán que miremos al mundo en derredor para entender que estamos en una época poco propicia a las buenas andanzas, que Putin amenaza por el este, que las expectativas de Biden se hunden muy de prisa, o que Boris Johnson puede acabar de mala manera. La UE anda a trompicones entre ordenanzas tecnocráticas y nuestro vecino del sur nos toma cada vez más a pitorreo, y ojalá que todo quede en eso.

Mal de muchos, consuelo de gobernantes escribió José María Pemán, así es que seguro que Pedro Sánchez cree tener con quien consolarse, pero los demás tenemos que padecer sin consuelo. No es fácil explicar que frente a un gobierno que se mueve en el alambre, con el riesgo evidente de que se nos caiga encima, y cuyo presidente se ha ganado un merecido prestigio como chanchullero, embaucador y pícaro incompetente, el electorado sienta incomodidad, desconcierto y desazón puesto que no parece existir todavía una alternativa capaz de restaurar con calma y firmeza la esperanza en algo que no nos lleve sin remedio a lo peor.

Aunque nadie sabe cuándo van a ser las próximas elecciones generales, ahora mismo Sánchez cuenta con dos posibilidades muy distintas para tratar de ganarse su segunda prórroga, y es seguro que se atendrá a la que le reporte mayores oportunidades de continuar en la Moncloa, sea cual fuere el precio que nos haría pagar a todos. ¿Queda margen para evitarlo?

Hace poco hemos visto cómo Rafael Nadal levantaba un partido en el que casi cualquier lógica le daba como víctima y dado que, como suele repetir Guillermo Gortázar, la política es la ignorancia de lo que va a pasar al día siguiente, cabría pensar que acabe por suceder lo que ahora se antoja inimaginable, pero para que pudiere pasar, hay que hacer lo que hizo Rafael Nadal… y no se ve que nadie esté haciendo nada comparable.

El PP de Pablo Casado (nótese que los partidos, y de modo muy singular los españoles, tienen propietarios antes que presidentes) parece haber puesto sus esperanzas en una especie de escalera electoral, una victoria en Castilla y León, que está por ver, seguida de una victoria en Andalucía… para acabar ganando en toda España. Si estos son los planes de Casado no es demasiado difícil imaginar que pueden salirle mal, tanto porque en Castilla se pierda el gobierno, como porque el adelanto de Andalucía se vea, a su vez, adelantado por unas generales que traten de aprovechar el mal momento del PP y el muy barroco giro al centro que Sánchez tratará de representar a ver si se produce en esta orilla de la península lo que ha pasado en Portugal.

¿Tiene Casado alguna posibilidad de imitar a Nadal y dar la vuelta a un resultado que se antoja muy dudoso? Si se preguntase a una amplia mayoría de analistas la respuesta sería ahora mismo tan unánime como negativa, porque los incentivos que tienen los grupos parlamentarios que podrán sumarse a un resultado precario de Sánchez son mucho mayores para apoyarle a él que para poner a Casado en la Moncloa.

Casado debe saber que la posibilidad de ser el sucesor de Sánchez se le está quedando muy pequeña, no habiendo sido nunca demasiado grande. La estrategia que el PP ha proclamado para acercarse a la victoria es la de la unidad del centro derecha, una hipótesis que tropieza con el fuerte interés de los líderes de las fuerzas aledañas en mantenerse a flote con sus barcazas. Esa línea la ha seguido el PP absorbiendo a mandos intermedios de un partido en trance de desaparición, pero parece inviable para minimizar las fuerzas de quienes todavía creen en posibilidades mayores, aun si se considera que ese plan es quimérico.

Una carambola podría darse en el caso de que la única mayoría viable fuese la suma del PP con el PSOE, claro es que con su Sanchidad fuera de juego, pero incluso para hacer posible eso Casado debería de cambiar de manera urgente de estrategia y de actitud. ¿Acertará a hacerlo? La razón que aconseja un cambio radical debiera ser evidente. El problema de Casado es que no consigue distinguirse de nuestra corte de los milagros porque desempeña en ella un papel bastante desairado, hasta el punto de que en ocasiones parece empeñado en arrebatarle a Sánchez la propiedad del “No es no”.

Casado nunca ha asumido que ser el líder del PP le obligaba a no vivir de las rentas del pasado, tan discutibles. Desde junio de 2018, toda su labor ha consistido en tratar de controlar el partido, con un éxito que no es indescriptible, pero ha descuidado demasiado otra labor mucho más importante, ganarse a los electores, que no son de ningún partido y ya han dado muestras abundantes de ello, poniendo en pie una oferta electoral atractiva, rigurosa y creíble. Frente a esa tarea incumplida, Casado parece haber confiado en que ser el líder del PP podría ser bastante, y, para su desgracia, no lo está siendo, de ninguna manera.

Casado ha sido el líder del PP que más empeño ha puesto en llevarse bien con sus antecesores, olvidando el hecho evidente de que ninguno de ellos se llevó bien con los suyos, porque la misión del líder es hacer viable la novedad, nunca la continuidad ni la pervivencia. El PP lleva a cuestas demasiadas hipotecas como para confiar en exclusiva en su atractivo, de forma que si un nuevo líder no consigue recrear un nuevo PP no alcanzará a hacer nada. 

Le quedan muy escasos meses a Casado para rectificar por completo una trayectoria muy equivocada, justo lo que queda hasta julio, momento en que el PP celebrará congreso. O ese congreso se hace en serio, o Casado correrá el riesgo de que un poderoso runrún le discuta, incluso, la propiedad del invento.

Hacer bien un congreso no consiste en organizar un evento, sino en que el líder llegue a él con méritos para ser reelegido, y esos méritos no se cosechan en los pasillos de Génova, sino trabajando con unos y otros, preparando programas serios y atractivos y pisando la calle para darlos a conocer, no solo por Casado sino por un auténtico coro de nuevas voces que sea capaz de hacer que la oferta suene a promesa creíble, nunca a más de lo mismo.  Su objetivo tendría que ser convencer a los españoles de que no son inevitables ni el desánimo, ni el empobrecimiento, ni la vulgaridad y la ausencia de cualquier plan digno para poner España en donde podría estar si dejan de impedirlo las malas políticas de sus dirigentes.

Nadal consiguió zafarse de un rival temible y vencerlo, ¿sabrá Casado sustraerse al influjo pestífero de esa corte de los milagros en la que se le ha reservado un papel tan ridículo como irrelevante? Es su sueño y su futuro el que está en juego, pero el destino ha querido que de él dependan las esperanzas de muchos y es su obligación tratar de no defraudarlas, lo que le exigirá salir del tran-tran y pelear con denuedo, con imaginación y fiereza, pero sin prestar atención a los estúpidos molinos que tratan de parecer gigantes.

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Julián Marías y el compromiso con la verdad

Este libro de Ernesto Baltar constituye un magnífico retrato de los tres papeles que desempeñó ese español llamado Julián Marías a lo largo de su fecunda vida: Marías fue un personaje público y un escritor profesional, un filósofo persuasivo, original y profundo, y, casi sobre todo, un ciudadano ejemplar.

Al hilo de la larga vida de Marías, Ernesto Baltar va desgranando las ideas del filósofo, y muestra su íntima trabazón con las experiencias vividas: desde una infancia de familia feliz a una juventud estudiosa y esperanzada, muy pronto rota por nuestra larga guerra, luego una especie muy absurda de exilio interior, que le impidió ser el profesor universitario que estaba llamado a ser, en ausencia de lo cual se vio impelido a una actividad incesante, con continuos viajes, que habría arruinado la vocación de pensador a más de uno, pero que no fue capaz de reprimir una curiosidad sostenida y muy perspicaz hacia todo lo que pasaba a su alrededor y que Marías sabía convertir en palabras, en crónicas periodísticas, en artículos de opinión, y en esos más de setenta libros  en los que se enfrentó con muchas de las grandes cuestiones de nuestra época.  

Cualquier lector de la obra de Marías puede percibir en ella su mayor cercanía con la vida común que con las abstracciones, en especial con las más pedantes y tópicas. Baltar muestra cómo Marías siempre se pone en marcha a partir de dos resortes intelectuales que le permitieron avanzar con seguridad: en primer lugar, lo que aprendió con sus maestros y sus lecturas, señaladamente con Ortega, pero no solo con él, y en segundo lugar la fidelidad ejemplar a aquello que entendía su deber, esa conciencia moral que le exigía enfrentarse con las cuestiones que una historia tan convulsa como la del pasado siglo no dejaba de plantearle.  

Baltar concede gran importancia al muy temprano compromiso de Marías con la verdad, a su firme propósito de “no mentir jamás”. Esa decencia moral es un requisito de la verdadera independencia que no está al alcance de nadie que no se empeñe en ello, y por eso Marías pudo juzgar nuestra guerra civil con una mirada limpia, imparcial y valiente, y logró también sobrevivir en una atmósfera intelectual de intolerancia radical, que ahora nos cuesta comprender, para lo que es de sumo interés el análisis de las circunstancias en las que se produjo el suspenso de su tesis doctoral, caso único en la historia universitaria española, al que Baltar dedica unas páginas indispensables.

Pese a tener que vivir de sus conferencias y lectores, Marías nunca se dejó arrastrar ni por la demagogia ni por la moda o el halago al público, estaba convencido de que decir la verdad y mostrarse exigente con los lectores era la mejor forma de ayudar a entender y a juzgar.

A través de las páginas de Baltar, comprendemos muy bien el modo de pensar de Marías, que estuvo muy condicionado por su necesidad de escribir, de vivir de ello, pero de tal forma que el filósofo tuvo la capacidad de aprovechar ese impulso sin dejarse arrastrar por él. No es difícil encontrar en Marías dos tipos de libros, aquellos que nacen de su obligación, de la necesidad de atender a demandas de las que vivía, y los que nacen de incitaciones más de fondo. Lo sorprendente de su caso es que siempre fue capaz de transformar un encargo o una ocasión muy circunstancial en textos en los que brilla su perspicacia y su capacidad de anticipación. Tal vez el ejemplo más notable de esto sea su libro Cara y cruz de la electrónica (cuyo título mismo ya denuncia una cierta edad) en el que Marías plantea con sorprendente claridad muchas de las cosas que se han convertido en debate habitual varias décadas después.

Se podría decir que entre los libros del segundo tipo, hay dos grandes clases, los dedicados a explicar la peculiaridad, las posibilidades y las virtudes de España y de los españoles, y los más metafísicos, las obras en que está su pensamiento más sistemático y especulativo, aunque siempre muy atento a lo inmediato, a lo que es posible entender sin hacer grandes contorsiones intelectuales. En esto siempre fue fiel a la invitación orteguiana a que la claridad sea una cortesía básica de los filósofos. Incluso en su obra más abstracta, Antropología metafísica, Marías nunca pierde el hilo rojo de la experiencia concreta, de lo cotidiano y lo evidente.

Sobre la forma de entender España que propugnó Julián Marías, y sobre sus exigentes consecuencias para él mismo, que las siguió de forma rigurosa, pero, sobre todo, para cualquier español, el análisis que hace Ernesto Baltar es exhaustivo, y nos muestra cómo algunos libros de Marías debieran ser de obligada lectura para nuestros jóvenes compatriotas. Por desgracia, no está siendo así, de forma que se repite con Marías el desentendimiento que hemos dispensado a otro libro excepcional que también nació de la preocupación patriótica de su autor, me refiero al librito de Ramón y Cajal, Reglas y consejos sobre investigación científica. Los tónicos de la voluntad, que debieran leer todos nuestros jóvenes investigadores y que a veces ni se encuentra en las bibliotecas universitarias.

Como recuerda Baltar, “la reivindicación constante por parte de Julián Marías de valores como la libertad, la autenticidad, la esperanza, el optimismo, la amistad, la valentía, el entusiasmo, la serenidad, el amor o la intensidad vital no ha perdido un ápice de su vigencia”, pero es obligación de todos nosotros el preguntar por las razones de que un español tan ejemplar no se haya convertido en un ejemplo moral y nacional, en especial si se tiene en cuenta que no estamos demasiado sobrados de modelos similares.

Por eso hay que felicitarse de que la Fundación Faes haya invitado a Ernesto Baltar a escribir este pequeño gran libro sobre la figura de un ciudadano excepcional, y hay que esperar que su lectura renueve el interés por una obra llena de incitaciones, de originalidad y de culto a la inteligencia, a la verdad que todos podemos compartir, y a la libertad como valor moral básico en la vida personal y en la convivencia ciudadana.

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Prólogo del libro Julián Marías. La concordia sin acuerdo (2021), de Ernesto Baltar. Ed. Gota a gota. Madrid.

Publicado también en Disidentia el 13 de noviembre de 2021, https://disidentia.com/julian-marias-y-el-compromiso-con-la-verdad/

El Ortega/Leibniz de Echeverría

Ortega y Gasset, La idea de principio en Leibniz y la evolución de la teoría deductiva, seguida de Del optimismo en Leibniz, Javier Echeverría, Ed., CSIC y Fundación Ortega Marañón, Madrid 2020, ISBN 978-84-00-10730-7, 745 páginas, p.v.p. 45 €.

Los escritos de Ortega y Gasset ocupan miles de páginas bajo centenares de títulos y tienen la rara virtud de no dejar nunca indiferentes a sus lectores ya que abundan los que se abonan al entusiasmo, pero no escasean los que escogen el desdén. Sus escritos son, en apariencia, fáciles de leer, breves por lo general, y pueden parecer de musicalidad más literaria que académica o erudita. Sin embargo, el libro de Ortega y Gasset cuya edición nos ocupamos, puede verse como la gran excepción con que nuestro autor pretendía desautorizar de forma concluyente las críticas envidiosas, que se le hacían de dar gato literario por liebre metafísica. El filósofo madrileño no llegó a ver publicado un texto en el que trabajó intensamente durante 1947 en su exilio lisboeta y que, sin duda, representa uno de sus logros más hondos y elaborados.

La presente edición no es una edición crítica, según Javier Echeverría, ya que reproduce el texto establecido en la edición reciente de las Obras Completas (2009), sino una edición ampliada, pues añade al contenido ahora canónico 587 anotaciones y marginalia del propio Ortega, algunas bastante extensas. Además, los textos orteguianos están precedidos por tres estudios introductorios, ”Ortega en 1947” de Javier de Salas, “El Leibniz de Ortega” de Concha Roldán y “Encuentros de Ortega con Leibniz” de Javier Echeverría que es también autor de 637 notas al píe de los textos inéditos procedentes de los archivos que conserva la Fundación que conserva el legado de Ortega, de forma que este libro se ha convertido en una aportación inexcusable para estudiar su filosofía.

Echeverría considera que La idea de principio en Leibniz y la evolución de la teoría deductiva es “una gran obra filosófica, quizá la más profunda de Ortega” y “una de las grandes obras de la filosofía en lengua española del siglo XX”. La monumental edición de Echeverría, su minuciosa investigación de las fuentes y las abundantes variantes y excursiones orteguianas aportadas confirman con rotundidad la pertinencia de la intención manifestada por el filósofo.

El estudio introductorio de Echeverría, y las notas al píe a los originales de Ortega sobre Leibniz hasta ahora inéditos,  desnudan la nervadura del trabajo orteguiano y establecen con precisión el principalísimo lugar que la lectura y confrontación con Leibniz ocupan en la biografía intelectual  del autor. Esta edición no solo permite entender mejor el importante texto de Ortega, sino que aporta algo que, en cierto modo, es más revelador, porque se nos “muestra a un Ortega que, además de escritor, lector, editor, profesor, conferenciante, empresario y líder intelectual, político y social, es un investigador, que practica el oficio de investigar científicamente fuentes primarias y secundarias” una imagen no siempre ha ido asociada a la figura de Ortega. El trabajo de  Javier Echeverría es exhaustivo, pues documenta con claridad las fuentes del texto original, corrige con frecuencia los posibles errores de las referencias bibliográficas en las notas de Ortega, y apunta horizontes de interpretación que, sin sus aportaciones, sería aventurado sostener.

La idea de principio en Leibniz se ha considerado con frecuencia como un texto inconcluso, y, sobre todo, como un trabajo con dos partes nítidamente distintas, más yuxtapuestas que coherentes. Echeverría apunta numerosas vías para entender con claridad el asunto: en primer lugar, sostiene la tesis de que Ortega pensaba en escribir más ampliamente sobre el tema del libro, y que parte de las notas que ahora se publican estaban destinadas a tal propósito. Pero, además, sugiere que la afinidad de Ortega con Leibniz iba más allá del interés en un estudio sistemático del gran filósofo, porque Ortega se identifica con las ideas y sugerencias de Leibniz y lo lee de la manera más atrevida y creativa. El Ortega de 1947 se muestra, por otra parte, muy lejos de las críticas que hiciese en 1924 al racionalismo del alemán. Echeverría sugiere que Ortega ha visto en el filósofo de Hannover un apoyo en el que poder ampararse para exponer con fundamento sus ideas más de fondo, una especie de alter ego según la observación de Concha Roldán.

Esto explicaría en parte que Ortega no hubiese visto especial inconveniente en cambiar el rumbo de su libro a partir de su parágrafo 26, para enzarzarse en polémicas más contemporáneas, “puesto que su proyecto inicial consistía en contrastar su filosofía con el modo de pensar leibniciano, con cuyo perspectivismo coincidía, pero cuyo logicismo y teleologismo rechazaba”. De este modo, Ortega pudo pasar a enfrentarse con otras cuestiones, lejanas de cualquier estudio sobre el principialismo, pero esenciales a su propia filosofía que Ortega entendía muy relacionada con la metafísica leibniciana. Echeverría afirma que “Ortega vio en Leibniz a un precursor de su propia teoría de la razón vital” y que entender a las mónadas como principios vitales “es uno de los descubrimientos que Ortega hizo durante la década de 1920”. Para Echeverría, Leibniz fue el compañero ideal del pensar orteguiano, a quien recurre para convertirse en un pensador más profundo, cuando, a partir de 1932 Ortega deja de lado su dedicación al liderazgo intelectual y cultural de España y, como recuerda Jaime de Salas, se da cuenta de que tiene que dedicarse a la “forja de libros”.

Echeverría es un gran conocedor de la filosofía leibniciana y se ha convertido en autoridad muy poco discutible al interpretar a Ortega. En su texto y en las notas hay toda una serie de interesantísimas sugerencias sobre la filosofía de Ortega, un pensamiento que a veces parece hacer suyo.  En ocasiones, incluso, algunas ráfagas de su trabajo recuerdan el estilo alusivo y elusivo del maestro como cuando afirma que “profundizar en esta idea leibniciana me llevaría muy lejos” o que “esta cuestión también merecería un estudio más detallado”, expresiones con las que cualquier lector de Ortega habrá tropezado en numerosas ocasiones.

Pese a la importancia de sus aportaciones, Echeverría se empeña en desempeñar un papel secundario, de comentarista erudito, aunque no consiga evitar del todo que asome su simpatía y familiaridad, pero también sus enmiendas, hacia la dupla de pensadores con cuyos textos está trabajando. Indicativo de la intensidad del trabajo de Echeverría es que apenas haya una decena de páginas sin sus notas en los centenares que ocupan los textos inéditos de Ortega, y cabe considerar como muy significativo que esas ausencia se den, casi siempre, ante afirmaciones orteguianas muy de fondo.

Echeverría aduce profusión de argumentos para demostrar que la obra de Ernst Cassirer, a quien Ortega conoció en Marburgo, ha sido esencial para la composición del libro, lo que prueba que pese a la cercanía posterior de Ortega a Husserl pervivió en nuestro filósofo una influencia inicial de fondo neokantiano. El nombre de Cassirer no aparece en el texto ya publicado, pero Echeverría no ve en esta ausencia de citas a Cassirer nada reprochable, sino un argumento adicional a la tesis de que Ortega pensaba volver a escribir sobre Leibniz: “A mi modo de ver, no se trata de un olvido por parte de Ortega, ni mucho menos de una ocultación. Esa ausencia se debe a que Cassirer iba a ser un autor de referencia en las otras dos partes previstas por Ortega”.

Al poner de manifiesto el “modo de trabajar de Ortega”, cuando éste escribía para sí mismo en márgenes y en papeles sueltos, se desvela una forma de pensar distinguible de la pública, y Echeverría emplea este Ortega poco conocido para actualizar a Ortega, para mostrar una figura de su pensamiento más ambiciosa y honda de lo que suele ser habitual.

El hecho de que Ortega criticase a Leibniz por no percibir la condición histórica de la razón le sirve a Echeverría para volver esa objeción contra el propio Ortega que no aplicó tal perspectiva al estudio de Leibniz, ni tampoco a sí mismo. De este modo, nos topamos con el fondo más novedoso de las ideas orteguianas de Echeverría, que le ocupan el último apartado de su estudio introductorio. Echeverría afirma que el Leibniz que más debiera haber interesado a Ortega, “conforme a su propio lema: el hombre no tiene naturaleza, tiene historia”, no es “un autor dado” sino alguien vivo y cambiante, porque “Leibniz es, ante todo, historia” afirmación que debería haber sido básica a la hora de escribir un libro sobre Leibniz.

Echeverría dice que “Leibniz tuvo muy clara esa modalidad de existencia post mortem, por eso dijo en los Principios de la Naturaleza y de la Gracia que las almas, al morir, pasan a otro teatro”. Ortega no prestó atención a que, puesto que las mónadas son conaciones, (una aportación orteguiana) el Leibniz que dejó miles de manuscritos inéditos “pasará a actuar en nuevos teatros filosóficos y científicos”.  Leibniz fue “la principal circunstancia intelectual de Ortega” durante 1947, y se generó un Ortega/Leibniz que, de algún modo, renueva a ambos, porque toda publicación contribuye a un in fieri, que crea una tarea siempre sin acabar.

Esta edición nos sugiere  que hay un Ortega que ha de ser continuado, que vio en Leibniz gérmenes de ideas aún por desarrollar, como, por ejemplo, el que el principio de continuidad afecte muy estrechamente a nuestra concepciones sobre el error y la verdad, y a Echeverría le  parece que hay ahí “una cuestión por investigar”, de modo que intenta que su trabajo de esforzada erudición pueda servir de plataforma para nuevas y atrevidas excursiones por la senda Leibniz/Ortega.

Es virtualmente imposible que un trabajo tan extenso y pormenorizado como el que comentamos no contenga erratas y que no necesite rectificaciones que, seguramente, se harán en una segunda edición, pero ninguna de ellas puede empañar la calidad y el éxito que supone haber recuperado un centón de textos orteguianos sobre cuestiones cardinales de la metafísica y haber construido sobre ellos una imagen ambiciosa, renovada e incitante del pensamiento de Ortega, de su invitación y aportaciones a la mejor filosofía.

José Luis González Quirós es filósofo, su último libro (de próxima publicación) es La virtud de la política.

publicado previamente en Revista de Libros, https://www.revistadelibros.com/blogs/blog-rdl/el-ortega-leibniz-de-javier-echeverria